Correspondencia con el compañero
El trabajo en nuestro “Manifiesto” se convirtió en un paso importante en la autodeterminación política del grupo y, como esperábamos, suscitó una viva respuesta entre los compañeros. Siempre hemos estado convencidos de que el marxismo no es un dogma anquilosado, sino una guía para la acción, que exige una constante contrastación de la teoría con la práctica viva y un debate de compañeros abierto e intransigente. Precisamente por eso inauguramos la nueva sección “Correspondencia con el compañero”, en la que publicaremos nuestras respuestas a las preguntas, críticas y comentarios de los lectores. En la primera entrega de esta sección, analizamos los nudos teóricos más importantes abordados en las respuestas al “Manifiesto”: la dialéctica de la destrucción del Estado burgués y la extinción del semiestado proletario; la falsedad de la contraposición metafísica entre la lucha económica y la política; la valoración histórica del estalinismo como contrarrevolución burguesa consumada y del trotskismo como una corriente que no superó el centrismo; así como las raíces materiales de la pasividad del proletariado contemporáneo en las metrópolis imperialistas. Esta polémica no es un ejercicio académico, sino nuestra contribución necesaria a la labor de preparación de los cimientos ideológicos y políticos del futuro partido comunista mundial.
Nuestro “Manifiesto” no se quedó sin respuesta. Apenas lo enviamos para que nuestros simpatizantes lo leyeran, recibimos inmediatamente varias cartas con comentarios y preguntas.
Este mero hecho ya indica que en las entrañas de nuestra clase recorre el fantasma del comunismo, que existe una necesidad de comprender teóricamente la historia y la actualidad de la lucha de clases, así como el deseo de definir las tareas de la vanguardia del proletariado. Precisamente por eso, ya desde el primer número de nuestra revista, inauguramos la sección “Correspondencia con el compañero”, en la que nos proponemos entablar un diálogo tanto con las organizaciones revolucionarias proletarias como con compañeros de clase a título individual.
Un compañero escribe:
«Para empezar, destacaré la claridad de la postura sobre algunas cuestiones (la visión del estado de la clase obrera, la actitud hacia el trotskismo, el estalinismo y otras corrientes, el desarrollo de las relaciones internacionales, el desarrollo de la lucha de clases, etc.). Esto es, en general, lo que uno espera de un manifiesto como tal, pero por mi propia experiencia diré que ni mucho menos todos consideran necesario demostrarla (no se atreven o no sé qué otra cosa)».
En la carta de otro compañero leemos:
«Ustedes deducen su continuidad directamente del “Manifiesto del Partido Comunista”. Pero este fue escrito hace más de 150 años. ¿Acaso en todo este tiempo no ha habido ningún desarrollo de la teoría comunista? ¿Hay que tirar a la basura y olvidar todos estos 150 años? Precisamente esta es la conclusión que se desprende del primer párrafo. Creo que hay que mencionar, al menos brevemente, los principales hitos del desarrollo del marxismo después de Marx, así como su desarrollo por el propio Marx. El “Manifiesto” es sólo la primera etapa, el cimiento de la posterior construcción teórica. Es imprescindible nombrar tanto “El Capital” como “El imperialismo…” de Lenin».
Por supuesto, en los 150 años posteriores a la publicación del “Manifiesto del Partido Comunista”, la teoría marxista se ha desarrollado, y nosotros no llamamos a «tirar a la basura y olvidar» todo este desarrollo: esa conclusión no se desprende en absoluto. Sólo queremos demostrar que 1) los objetivos finales del movimiento comunista y obrero declarados en el “Manifiesto” son más actuales para nuestra época que para la época de sus autores; 2) que precisamente nuestro grupo comparte estos objetivos.
En este prefacio, necesariamente breve, de un documento programático no debe haber nada más. Además, “El Capital” de Marx y “El imperialismo…” de Lenin no son documentos programáticos con los que deba establecerse la continuidad de nuestro propio documento programático. Sin duda, son hitos en el desarrollo de la teoría marxista y de la ciencia en general, obras fundamentales de suma importancia cuyo análisis compartimos, pero este análisis tiene un carácter económico, es decir, ayuda a extraer conclusiones políticas y programáticas, las fundamenta, pero en sí mismo no contiene declaraciones sobre objetivos estratégicos.
Ambos compañeros abordaron la cuestión de la relación entre el marxismo y el Estado:
El primero escribe:
«Hemos dicho más de una vez, remitiéndonos a “El Estado y la revolución”, que, a diferencia de los anarquistas, consideramos que el Estado debe extinguirse, y no que deba ser destruido, y que, en consecuencia, la tarea consiste en destruir las condiciones que hacen necesario al Estado, y no al Estado mismo».
El segundo compañero afirma:
«Del hecho de que “a la propiedad privada moderna le corresponde el Estado moderno” no se deduce en absoluto que la destrucción de la propiedad privada exija la destrucción del Estado. Es más, si partimos de Marx y Engels, la dependencia es a la inversa. La propiedad privada apareció antes que el Estado y fue una condición necesaria para su surgimiento. De ahí que el Estado, como fenómeno, sea imposible de destruir sin destruir la propiedad privada y la división del trabajo. Si ustedes no se refieren al Estado en general, sino al Estado burgués, entonces hay que expresarlo con mayor claridad. Que el primer paso hacia la destrucción de la propiedad privada (y de la división del trabajo) es la destrucción del Estado burgués y su sustitución por un semiestado proletario en proceso de extinción».
Así es, nuestro manifiesto se refiere precisamente a la destrucción del Estado moderno, es decir, el burgués. Esto queda claro por el contexto. En la segunda oración, el adjetivo “moderno” en relación con la propiedad privada y el Estado no se aplica por razones puramente estilísticas, para no sobrecargar el texto, ya que por la oración anterior queda claro a qué propiedad privada y a qué Estado nos referimos.
Por lo tanto, en el contexto es fácil trazar la cadena lógica: “el objetivo de los comunistas es la destrucción de la propiedad privada” & “a la propiedad privada moderna le corresponde el Estado moderno” => “en opinión de los comunistas, la destrucción de la propiedad privada moderna exige/presupone/implica la destrucción del Estado moderno”.
Al mismo tiempo, no se trata de una “destrucción” abstracta. Como escribió Marx en la “Crítica del Programa de Gotha”: « Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado»1. La máquina del Estado burgués no puede simplemente tomarse tal como está ni abolirse en abstracto: es necesario romperla, hacerla añicos, sustituyéndola por un semiestado proletario que comenzará a extinguirse a medida que desaparezcan los antagonismos de clase.
Este mismo compañero escribe:
«Creo que la tesis “Comunismo o barbarie” es mejor sustituirla por la tesis “Comunismo o muerte”, porque el estado actual del capitalismo amenaza no sólo la existencia de la civilización, sino la existencia de la propia humanidad».
Utilizamos la fórmula “Comunismo o barbarie” por varias razones:
- como referencia a la tradición del ala revolucionaria del marxismo en la figura de Rosa Luxemburgo, quien en su obra “La crisis de la socialdemocracia” (también conocida como el Folleto Junius) popularizó la afirmación de Engels, quien, según ella, formuló así la disyuntiva a la que se enfrenta la humanidad:
«Federico Engels dijo una vez: la sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie».
Naturalmente, en lugar del término “socialismo” hemos utilizado “comunismo”, ya que, a diferencia de las épocas de Engels y Luxemburgo, en nuestros días estas corrientes están definitivamente separadas y son hostiles entre sí.
- nos parece que no hay motivos para sustituir “barbarie” por “muerte”, ya que la “muerte” es sólo un escenario hipotético y además sumamente improbable (teniendo en cuenta la “flexibilidad” del capitalismo y la falta de interés objetivo de la clase dominante, la burguesía, en la destrucción de la humanidad), mientras que podemos observar la “barbarie” en este preciso momento. Al mismo tiempo, no podemos en modo alguno excluir la posibilidad de que la humanidad pueda ser aniquilada en guerras imperialistas en contra de la voluntad de la burguesía.
Y volvemos a citar la carta de este mismo compañero:
«Se cita con mucho acierto a Marx sobre la necesidad del movimiento práctico comunista. Sí, este movimiento práctico debe ser encabezado por el partido comunista mundial. Sí, en la actualidad no existe tal partido. Pero la creación de ese partido no es la tarea práctica inmediata de la organización. Con esto se desvían hacia el idealismo. Los partidos no se crean por la voluntad (el capricho, el deseo) de sujetos individuales. Para su surgimiento es necesaria una suma de causas objetivas y subjetivas».
Estamos totalmente de acuerdo. Es más, en el manifiesto subrayamos que «consideramos nuestra actividad como parte del movimiento práctico hacia el comunismo, como una lucha por la creación del partido [comunista mundial], y nuestro manifiesto como sólo uno de los pasos necesarios en el camino hacia su creación».
Es decir, se trata del proceso de creación de este partido, en el que ya estamos participando, junto con otros representantes de la vanguardia proletaria. Los plazos de este proceso están directamente vinculados a las condiciones objetivas, y su maduración no depende de nuestra voluntad subjetiva. Somos adversarios por principio de cualquier manifestación de voluntarismo.
El compañero afirma:
«El párrafo sobre el deslinde con las tendencias economicistas y “obreristas” no está expuesto con claridad».
Consideramos que en un documento programático no hay necesidad de explicar el sentido de las tendencias economicistas y obreristas; basta con declarar simplemente que no pertenecemos a ellas, y esto está dicho de forma clara e inequívoca.
Continuemos citando a este mismo compañero:
«Sí, la lucha de clases es siempre, por su contenido, una lucha política, incluso en los casos en que se desarrolla bajo formas económicas. Por lo tanto, la separación formal entre la lucha económica y la política es enredar la cuestión; se requiere distinguir (y no confundir) claramente la forma y el contenido. La tarea de los comunistas no es contraponer la forma económica de la lucha de clases a su contenido político (esto no solo es estúpido, sino imposible), sino demostrar constantemente que la forma económica es la forma embrionaria de la lucha de clases, la cual debe desarrollarse hasta su forma política suprema (la revolucionaria)».
No podemos estar de acuerdo con que
«la lucha de clases es siempre, por su contenido, una lucha política»
La lucha de clases puede comenzar bajo una forma económica e incluso tener un contenido económico. Esto puede prolongarse durante años y décadas. Es más, no toda lucha de clases política es una lucha revolucionaria del proletariado contra el capitalismo.
Al constatar esto, rechazamos categóricamente la separación metafísica y no dialéctica entre la lucha económica y la política. Como señalaba Marx en su carta a F. Bolte (1871): «[…] todo movimiento en el que la clase obrera actúa como clase contra las clases dominantes y trata de forzarlas “presionando desde fuera”, es un movimiento político. […] de los movimientos económicos separados de los obreros nace en todas partes un movimiento político, es decir, un movimiento de la clase, cuyo objeto es que se dé satisfacción a sus intereses en forma general, es decir, en forma que sea compulsoria para toda la sociedad. Si bien es cierto que estos movimientos presuponen cierta organización previa, no es menos cierto que representan un medio para desarrollar esta organización»2. En efecto, cualquier gran huelga económica enfrenta inevitablemente a los obreros con la maquinaria estatal de la burguesía –con la policía, los tribunales, las leyes– adquiriendo así objetivamente un carácter político. Separar la economía de la política y afirmar que la lucha económica no puede madurar hasta convertirse en política significa caer en el mismo “economicismo” oportunista que Lenin demolió de forma implacable en su obra “¿Qué hacer?”. La tarea de la vanguardia no es negar el potencial político de la lucha económica, sino, al participar en ella, transformar las chispas de descontento por la situación económica en la llama de una lucha revolucionaria consciente contra el poder del capital.
Pero sí podemos estar de acuerdo en que
- «la separación formal entre la lucha económica y la política es enredar la cuestión».
Por eso instamos a que esta separación no sea formal, es decir, metafísica, sino concreta, es decir, dialéctica. La primera puede desarrollarse hasta convertirse en la segunda, pero esto es imposible sin la intervención de la vanguardia proletaria: la conciencia materializada de nuestra clase. Y esta intervención es imposible sin la tercera forma de la lucha de clases, que ya destacaba Engels. Creemos que el lector comprende que se trata de la lucha teórica, que para nosotros es precisamente la más actual en estos momentos.
Sobre esto escribió Lenin en “¿Qué hacer?”:
«Engels reconoce tres formas de la gran lucha de la socialdemocracia, y no dos (la política y la económica) –como es usual entre nosotros–, colocando también a su lado la lucha teórica».
No se puede estar de acuerdo con que
- «La tarea de los comunistas no es contraponer la forma económica de la lucha de clases a su contenido político (esto no solo es estúpido, sino imposible)»
La forma económica de lucha no puede tener un contenido político por pura definición, de lo contrario se la llamaría política. Al contenido político le corresponde la forma política de lucha, y al contenido económico, la forma económica. En muchos casos (si no en la inmensa mayoría), las reivindicaciones económicas (aumento de salario, reducción de la jornada laboral, mejora de las condiciones de trabajo, etc.) pueden no rozar en absoluto las cuestiones de la política.
El compañero escribe:
- «la forma económica es la forma embrionaria de la lucha de clases, la cual debe desarrollarse hasta su forma política suprema (la revolucionaria)».
Esto es cierto, pero requiere matizaciones. Ni mucho menos todos los casos de lucha económica pueden siquiera en principio desarrollarse hasta convertirse en lucha política, y mucho menos siempre. Además, la forma de lucha política y la revolucionaria no son en absoluto sinónimos. La forma política también puede ser primitiva y estar muy lejos de su forma suprema, la revolucionaria; en este caso, los obreros no solo no se levantan contra “su” burguesía y Estado, sino que incluso les son leales y apelan a sus propias leyes, “valores” e incluso a su simbología, sin comprender a los intereses de quién responden esas mismas leyes, “valores” y simbología (un ejemplo es Rusia en las décadas de 1990 y 2010).
¿Es la lucha política la forma suprema de la lucha de clases? Indudablemente, sí. ¿Significa esto que cualquier lucha de clases puede desarrollarse hasta ser política y, más aún, revolucionaria? Indudablemente, no. Simplemente, diferentes formas pueden coexistir una al lado de la otra (cronológica y/o geográficamente) sin desarrollarse ni influenciarse mutuamente.
Al mismo tiempo, sólo en el caso de la introducción de la conciencia comunista (por parte de la vanguardia de la clase) en la lucha de clases del proletariado, la lucha política puede tener la oportunidad de madurar hasta convertirse en revolucionaria. En caso contrario, incluso habiendo alcanzado el nivel político, la lucha de la clase seguirá orbitando en torno a los intereses de alguna de las fracciones de la burguesía.
A este respecto, Lenin en el folleto “¿Qué hacer?” cita extensamente a K. Kautsky, que en aquel momento todavía era marxista:
«[…] la conciencia socialista aparece como el resultado necesario e inmediato de la lucha de clase del proletariado. Eso es falso a todas luces. Por supuesto, el socialismo, como doctrina, tiene sus raíces en las relaciones económicas actuales, exactamente igual que la lucha de clase del proletariado; y lo mismo que esta última, dimana de la lucha contra la pobreza y la miseria de las masas, pobreza y miseria que el capitalismo engendra. Pero el socialismo y la lucha de clases surgen juntos, aunque de premisas diferentes; no se derivan el uno de la otra. La conciencia socialista moderna sólo puede surgir de profundos conocimientos científicos. En efecto, la ciencia económica contemporánea es premisa de la producción socialista en el mismo grado que, pongamos por caso, la técnica moderna; y el proletariado, por mucho que lo desee, no puede crear ni la una ni la otra; de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa […]: es del cerebro de algunos miembros de este sector de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo han transmitido a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clase del proletariado, allí donde las condiciones lo permiten. De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera (von auβen Hineingetragenes) en la lucha de clase del proletariado, y no algo que ha surgido espontáneamente (urwüchsig) dentro de ella. De acuerdo con esto, ya el viejo programa de Heinfeld decía, con toda razón, que es tarea de la socialdemocracia introducir en el proletariado la conciencia (literalmente: llenar al proletariado de ella) de su situación y de su misión. No habría necesidad de hacerlo si esta conciencia derivara automáticamente de la lucha de clases»3.
Al aducir esta cita, somos conscientes de que nos aguarda un debate ineludible con los partidarios de diversas corrientes obreristas y espontaneístas. Nos anticiparemos.
Ante todo, para comprender correctamente el pensamiento de Lenin que acabamos de citar, debe situarse en el contexto de las condiciones históricas concretas de la época, cuando estaba muy extendida en el medio obrero ruso la corriente de los economicistas, quienes consideraban que el proletariado debía limitarse a la lucha económica, dejando la lucha política a los liberales. También había quienes creían que el propio desarrollo del movimiento obrero contribuiría espontáneamente al crecimiento de la conciencia política de clase del proletariado. Lenin, en su lucha contra estas corrientes, señala las tareas del partido proletario en ese contexto histórico concreto: desarrollar la conciencia política del proletariado, sacarlo de los estrechos límites de la lucha contra la burguesía en la fábrica, explicar que la burguesía no es un bloque homogéneo, sino que está escindida en fracciones entre las cuales hay pugnas, y que en las condiciones de la Rusia de entonces existía además una aristocracia terrateniente feudal, así como amplios sectores pequeñoburgueses; todos ellos tienen sus intereses particulares, que pueden converger, pero nunca serán comunes y únicos; el proletariado debe saber esto y utilizarlo en su lucha. De este modo, desde el punto de vista de Lenin, “introducir la conciencia desde fuera” significa introducirla desde fuera de la fábrica, desde fuera de las relaciones entre el fabricante y el trabajador asalariado, abrir los ojos al trabajador a toda la amplitud de la vida social, a su diversidad y sus contradicciones, y contribuir con ello a la transformación del proletariado de una “clase en sí” a una “clase para sí”, a una clase que lucha conscientemente contra la propiedad privada4.
A propósito del apartado “Método”, el compañero escribe:
«Parece que esta sección debería fundamentarse en las “Tres fuentes…” de Lenin. Es decir, partir de la primacía de la filosofía y la economía política, gracias a las cuales el socialismo pasó de ser una utopía a ser una ciencia».
Consideramos que aquí, como en muchos otros lugares, basta simplemente con declarar la pertenencia a la escuela marxista para deslindarse de entrada de otras corrientes socialistas. Probablemente estaría fuera de lugar en un documento programático detallar extensamente las ventajas del marxismo sobre otras vertientes del pensamiento revolucionario. Ello resultaría inevitablemente superficial y, por consiguiente, poco convincente.
Otro compañero llama la atención sobre otra idea de nuestro “Manifiesto”:
«sabemos con certeza que las teorías que predicen el colapso “automático” del capitalismo o que señalan sus límites “objetivos” concretos son anticientíficas».
Y comenta: «El hecho de que se ponga énfasis en esto, repito, da una idea bastante clara de la postura, pero tal vez convendría explicar con más detalle por qué “sabemos con certeza” esto. Si vale la pena hacerlo en el manifiesto, no lo sé, después de todo es un documento más bien esquemático por su propia naturaleza».
Sí, en el “Manifiesto” sólo hemos declarado nuestras posturas de forma esquemática. En el futuro, volveremos a esta cuestión en nuestras publicaciones.
La idea expuesta en el “Manifiesto” de que en las crisis catastróficas de superproducción se destruyen fuerzas productivas con una frecuencia cada vez mayor llevó a este mismo compañero a escribir:
«Si miramos al siglo XX, no se aprecia una tendencia clara a un aumento de la frecuencia de las crisis de superproducción, e incluso yo no calificaría ni mucho menos de catastróficas a todas ellas… Y en el siglo XXI, por ahora se han producido con poca frecuencia, si lo comparamos con el XX. Da la sensación de que se refieren a algo distinto de lo que yo pienso».
Aquí hablamos de que en nuestra época del capitalismo desarrollado, es decir, monopolista, con unas fuerzas productivas que son incomparablemente mayores que en sus etapas anteriores, estas crisis se han vuelto mucho más frecuentes y de mayor magnitud que en la época de su “juventud”. Además, en los medios de comunicación burgueses, por regla general, no se las analiza como tales. Por no hablar de que en algunos sectores, como la industria textil o el sector inmobiliario, se han vuelto permanentes, cosa que no ocurría en la época del capitalismo incipiente. En el siglo XXI, hemos podido observar ejemplos característicos de este tipo de crisis, prolongadas durante años, durante la “Gran Recesión” de la década de los 2000, cuando en EE. UU. se vaciaban las viviendas mientras cientos de miles de personas se quedaban sin techo; en pleno apogeo de la pandemia de COVID-19, cuando las empresas farmacéuticas destruían millones de test de coronavirus al caer drásticamente la demanda, en lugar de repartirlos o almacenarlos hasta que esta se recuperase. ¿Fueron estas crisis “catastróficas” no en el sentido de fatales para el sistema capitalista, sino en el sentido de monstruosas desde el punto de vista de la magnitud de las pérdidas humanas de nuestra clase (en forma de muertes, pérdida de la salud, vidas truncadas, familias desestructuradas, etc.) y de la pérdida de las fuerzas productivas de la humanidad? Nosotros consideramos que sí.
Citemos el “Manifiesto”:
«Esta ola revolucionaria sin precedentes fue barrida por una contrarrevolución de una fuerza colosal. Durante las décadas de 1920 y 1930, el estalinismo…»
Y el posterior comentario del compañero: «Aquí (y no solo aquí, me limitaré a esta cita) se califica al estalinismo de contrarrevolución. Esta es, a mi juicio, una de las piedras angulares de nuestra postura, por lo que creo que convendría matizar por qué es exactamente así. Normalmente, después de estas palabras viene la acusación de trotskismo. Más abajo en el texto se expone la postura también respecto a Trotsky (lo cual es muy acertado), pero me temo que, en primer lugar, parte de los lectores potenciales simplemente se eche atrás y no termine de leer el manifiesto, y en segundo lugar, no es lo suficientemente concreto en la cuestión de la actitud hacia el estalinismo».
Pese a todo, creemos que en un documento programático basta con la declaración de las posturas. Más aún tratándose de un tema que en verdad es sumamente importante, y que se abordará en más de una ocasión en nuestras publicaciones. Y en cuanto a que «parte de los lectores potenciales simplemente se eche atrás y no termine de leer el manifiesto»: es posible que así sea, pero ese tipo de “inconvenientes” puede darse con cualquier documento e incluso con cualquier texto literario.
Otra cita del “Manifiesto”:
«por primera vez convirtió a la clase obrera en sujeto de las relaciones internacionales»
Comentario del compañero: «¿Se puede llamar a los que participaron directamente en las relaciones internacionales la clase obrera, y no sus representantes o los portavoces de su voluntad?»
Este punto nos remite al debate sobre las relaciones entre clase y partido, y entre el partido y sus dirigentes, que nuestra escuela ha mantenido con otras corrientes revolucionarias. Con toda seguridad, volveremos a él en nuestros materiales, pero aquí sólo señalaremos que cuando hablamos de sujetos de las relaciones internacionales, no nos referimos a personas concretas: incluso desde el punto de vista de las escuelas burguesas más rigurosas, los sujetos de las relaciones internacionales no son los individuos, sino los Estados, y el marxismo está de acuerdo con esto, pero considera que es insuficiente: va más allá y plantea la pregunta: ¿qué clase dirige el Estado? Y llega a la conclusión de que los verdaderos sujetos de las relaciones internacionales son las clases dominantes, que utilizan sus Estados (y otras fuerzas organizadas) para proyectar sus intereses. Por tanto, desde el punto de vista del marxismo, es del todo correcto afirmar que si la clase obrera se convierte en la clase dominante, se convierte también en el sujeto de las relaciones internacionales.
El compañero escribe:
«Yo diría sujeto de la geopolítica, y no de las relaciones internacionales».
De manera consciente evitamos utilizar el término “geopolítica”, a diferencia de organizaciones como Lotta Comunista, ya que recordamos perfectamente que este término describe un enfoque anticientífico para la descripción de las relaciones entre las naciones y los Estados, fundamentado en una concepción materialista vulgar sobre el papel determinante de las condiciones físico-geográficas en la vida de la sociedad humana, que en algunos casos se complementa con conceptos biologizantes tales como el racismo, el darwinismo social y el malthusianismo.
Otra cita del “Manifiesto”:
«La ola contrarrevolucionaria y las décadas de dominación burguesa que la siguieron engendraron no solo a los monstruos de la reacción capitalista, sino también a muchas de las ideologías más o menos influyentes del falso socialismo: el estalinismo, el maoísmo, el castrismo y el guevarismo, el juche, el chavismo, etc. Todas ellas nacieron en su momento como ideologías burguesas de un “desarrollo acelerado para recuperar el atraso”, destinadas a acompañar la centralización y la aceleración del desarrollo capitalista de los respectivos países atrasados».
Comentario del compañero: «La centralización y la aceleración del desarrollo capitalista crean las condiciones objetivas para la lucha de clases, y ya en “El Imperialismo Unitario” se celebraban tales movimientos en los países del Tercer Mundo. Y aunque yo, a decir verdad, veo con gran escepticismo el optimismo de LC en este punto (ya que incluso entonces, por la historia, quedaba claro que esto suele conducir a asfixiar al proletariado en esta lucha), esto sigue estando en consonancia con el marxismo. Otra cosa es que estas ideologías pasaron de ser de liberación nacional a ser de esclavización nacional. El núcleo de la cita se entiende, por supuesto, pero creo que podría dar lugar a una interpretación ambigua».
En este caso no se trata de si nosotros «celebramos» o no estos movimientos e ideologías históricas, sino de que 1) nos deslindamos de los partidarios actuales de estas ideologías, que hoy en día no solo sirven a los intereses de unas u otras fracciones de la burguesía, sino que además desacreditan al marxismo y al comunismo; 2) mostramos qué lugar les asigna la escuela marxista, a diferencia de toda clase de pseudocomunistas.
No en vano en nuestro manifiesto citamos tan extensamente las tesis fundamentales de Lenin en el II Congreso de la Komintern, ya que proporcionan la clave sobre cómo se debe abordar este problema en general, incluyendo estos casos.
En el caso de los movimientos de falso socialismo, se puede afirmar que no sólo expresaron desde un principio intereses imperialistas (el estalinismo) o se adhirieron a uno de los bloques imperialistas, a saber, al bloque de la URSS (como todos los demás; el maoísmo cambió posteriormente su orientación y se alineó con EE. UU.), sino que algunos de ellos libraron una lucha directa por el exterminio del movimiento marxista y lograron su objetivo en este aspecto (estalinismo, maoísmo).
Por supuesto, una parte de estos movimientos y sus respectivas ideologías pudo desempeñar en cierta medida un papel revolucionario-nacional, pero en términos generales esta no fue en absoluto su característica principal, por la cual los marxistas pudieran “celebrarlos” (así, el estalinismo, que surgió en Rusia, país que no pertenece al “Tercer Mundo”, desempeñó en parte un papel revolucionario-nacional en los países atrasados de Asia Central bajo su control, pero esto no tiene punto de comparación con el colosal daño que infligió a la clase obrera a escala mundial).
Otra cita del “Manifiesto”:
«La más célebre de tales corrientes es el trotskismo, que en la actualidad ni siquiera cuenta con una teoría unificada y ha degenerado hasta el nivel de ideologías pequeñoburguesas».
Comentario del compañero: «Como he dicho antes, el hecho de dejar clara la actitud hacia el trotskismo es importante, pero aquí se ha colado una contradicción. Primero se afirma que el trotskismo es una corriente, y luego que esta corriente no posee una teoría unificada y, por consiguiente, no es íntegra. Y al final, que la corriente del trotskismo ha degenerado. No discuto el hecho en sí, pero si el trotskismo no tiene una teoría unificada, ¿se puede hablar del trotskismo como una sola corriente y no como de varias? ¿Y cuáles de ellas han degenerado? En general, no deja de sorprenderme lo diferentes que son las personas que se autodenominan trotskistas. A veces no entiendo qué relación tienen en absoluto con Trotsky».
Nosotros abordamos esta cuestión desde una perspectiva histórica, en su desarrollo, comprendiendo al mismo tiempo que cualquier corriente en la sociedad solo puede considerarse unificada de un modo relativo, hasta cierto punto: en sus orígenes, en efecto, se puede considerar al trotskismo convencionalmente como una corriente unificada, surgida sobre la base de las ideas de Trotsky en Rusia y luego en varios otros países, y que en un primer momento se apoyó en los cuadros que se agruparon en torno al propio Trotsky. Con el tiempo, esta unidad convencional se disgregó, pero, a nuestro modo de ver, todas estas corrientes pueden considerarse trotskistas, partiendo de su continuidad, si no organizativa, como mínimo ideológica con el trotskismo original, que se expresa en la aceptación de 1) la concepción del Estado obrero degenerado; 2) la teoría de la revolución permanente de Trotsky; 3) algunas de las interpretaciones históricas de Trotsky vinculadas a la historia del partido, la Revolución Rusa y la contrarrevolución.
Otro compañero escribe: «Discrepo radicalmente con poner a Trotsky en un lugar aparte, en el fondo no traspasó los límites del estalinismo».
Nosotros consideramos que Trotsky sí que traspasó los límites del estalinismo. Los principios fundamentales del estalinismo, que lo distinguen, sobre los que se sustenta literalmente todo su edificio y sin los cuales este se derrumbaría por completo, son las afirmaciones de que 1) en la década de 1930 en la URSS se había construido en lo fundamental el socialismo tanto en la economía como en la superestructura política, 2) en los años posteriores (al menos hasta la muerte de Stalin), la URSS se acercaba cada vez más al socialismo tanto en la economía como en la superestructura política.
Pero Trotsky no compartía esta visión: él consideraba que 1) en la economía «la URSS aún no está en la primera etapa del socialismo», por no hablar de la superestructura política, en la cual se centró gran parte de su crítica, y que sería más correcto «llamar al régimen soviético actual, con todas sus contradicciones, transitorio entre el capitalismo y el socialismo, o preparatorio al socialismo, y no socialista»5; 2) con la dirección que entonces gobernaba la URSS, el país avanzaba en dirección contraria, alejándose del socialismo, pero el desenlace final de este proceso no estaba decidido.
Él escribió:
«¿En qué sentido evolucionará durante los tres, cinco o diez años próximos el dinamismo de las contradicciones económicas y de los antagonismos sociales de la sociedad soviética? Aún no hay respuesta definitiva e indiscutible a esta pregunta. La solución depende de la lucha de las fuerzas vivas de la sociedad, no solamente a escala nacional, sino a escala internacional».
Su teoría del Estado obrero degenerado, expuesta del modo más completo en “La revolución traicionada” (de donde se han extraído las citas)6, aunque dista de ser marxista, científica y rigurosa, no puede clasificarse como una teoría estalinista. Existen incluso teorías que critican a Stalin a título personal (por determinados errores, “excesos”, voluntarismo, un uso excesivo de la violencia, en especial contra los comunistas, etc.), pero que en esencia son estalinistas; y la teoría de Trotsky ni siquiera pertenece a esta categoría, puesto que a) aborda cuestiones mucho más fundamentales y sólo toca en una medida ínfima las cualidades de personalidades concretas, b) no comparte ninguno de los principios fundamentales del estalinismo descritos más arriba.
Este mismo compañero escribe:
«En el periodo actual no se indican las tareas concretas de los comunistas. Queda claro que “no cabe esperar en modo alguno un crecimiento de la lucha de clases espontánea de los trabajadores asalariados en las metrópolis imperialistas desarrolladas a corto plazo”, que la “acumulación originaria del capital” y las revoluciones agrarias han concluido, que los movimientos de liberación nacional y anticoloniales pertenecen al pasado. Pero, ¿qué hacer concretamente en estas condiciones? ¿Luchar por la destrucción de la propiedad privada? Estupendo. Pero, ¿cómo?».
Aún no tenemos una respuesta definitiva a esta pregunta, y en el “Manifiesto” reconocemos que para nosotros el problema radica en cómo se desarrollará exactamente este proceso.
Pero a la pregunta “¿qué hacer?” respondemos con un rechazo categórico a la contemplación pasiva y a la espera académica. La célebre 11ª tesis de Marx sobre Feuerbach dice: « Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo»7. No tenemos derecho a limitarnos a “seguir atentamente” a la clase, esperando a que maduren las condiciones. Lenin denominaba a tal actitud “seguidismo”, marchar a la zaga del movimiento espontáneo. La tarea de los comunistas, como escribió Lenin en su artículo “¿Por dónde empezar?”, es pasar de inmediato a la organización práctica: la creación de un periódico político panruso (en nuestro caso, internacional), que sea a la vez un propagandista, un agitador y un organizador colectivo. Este órgano debe introducirse en cada manifestación espontánea de los obreros, vinculando indisolublemente el trabajo teórico con la dirección práctica de la lucha de masas desde hoy mismo, preparando cuadros para la futura lucha por la sociedad sin clases.
Otra cita del “Manifiesto”:
«“Hoy en día se da una estratificación de los trabajadores asalariados más compleja en comparación con el capitalismo del siglo XIX y principios del XX… Es precisamente a esto a lo que se debe la ausencia de un movimiento obrero de masas y la extrema debilidad de la minoría revolucionaria en los centros del desarrollo imperialista”».
Comentario del compañero: «Creo que tal estratificación y la relativa expansión del estrato interclasista no son en sí mismas la causa de la debilidad de la clase obrera: las personas con múltiples fuentes de ingresos, aunque se encuentran en una posición menos vulnerable, por regla general son más sensibles a las turbulencias políticas y económicas y, por lo tanto, las asumen de forma más consciente, compartiendo en términos generales los intereses de la clase obrera».
Las palabras “Es precisamente a esto” se refieren a la totalidad de los factores enumerados en el párrafo anterior, y no solo a la estratificación más compleja de la sociedad contemporánea. Por lo demás, no tenemos objeciones. En efecto, el grado de sensibilidad ante las turbulencias políticas y económicas no guarda una correlación directa con el nivel de ingresos ni con la situación material. Son conocidos los casos de representantes de la burguesía que se han pasado al lado del proletariado. También es conocido el papel de las capas superiores de la clase de los trabajadores asalariados en el movimiento revolucionario. Estamos lejos de la postura de aquellos que consideran necesario apostar por los sectores más atrasados y pauperizados de la sociedad.
Al señalar la mayor complejidad de la estratificación de los asalariados en los centros del imperialismo, no debemos caer en las justificaciones sociológicas burguesas del declive de la lucha de clases a través de la abstracta existencia de “múltiples fuentes de ingresos”. La verdadera base material del oportunismo y de la pasividad en los países metropolitanos fue brillantemente desentrañada por Lenin en su obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo”. La burguesía imperialista, al extraer superganancias monopolistas, posee la capacidad económica para sobornar a la capa superior de “su” clase obrera, creando una “aristocracia obrera” aburguesada. Este estrato privilegiado constituye el principal apoyo social del reformismo y el cuerpo de agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero. Sin una ruptura implacable con este estrato oportunista y sin desenmascarar su traición, no se puede hablar en absoluto de la formación de una conciencia revolucionaria en los centros imperialistas.
Marzo de 2026
Footnotes
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Marx, K. Crítica al Programa de Gotha / Karl Marx // Marxists Internet Archive. – URL: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/critica-al-programa-de-gotha.htm ↩
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Marx, K. Carta a F. Bolte (23 de noviembre de 1871) / Karl Marx // Marxists Internet Archive. – URL: https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m23-11-71.htm ↩
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Lenin V. I. Obras Completas. Moscú: Editorial Progreso, 1981. T. 6. P. 27. ↩
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Ibed. P. 41-42. ↩
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Ibed. P. 75–76. ↩
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Trotsky, L. La revolución traicionada: Qué es y adónde va la URSS / León Trotsky. – 2a ed. – Madrid : Fundación Federico Engels, 2001. P. 75. ↩
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Marx, K. Tesis sobre Feuerbach / Karl Marx // Marxists Internet Archive. – URL: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm ↩