Páginas de la historia del internacionalismo proletario
La generación de Lenin logró encauzar el motor de la guerra hacia la realización de la estrategia revolucionaria en unas condiciones en las que el proceso de descomposición del campesinado nutría las ciudades de la Rusia europea con millones de nuevos y jóvenes proletarios, y en las que las atroces condiciones laborales engendraban un auge de la lucha de clases espontánea en la que participaban millones de nuestros hermanos de clase. En las trincheras y en los barcos de la Primera Guerra Imperialista Mundial se encontraban miles de bolcheviques, anarquistas y eseristas maximalistas, dotados de experiencia en la lucha de clases y de una conciencia forjada al calor de la misma. Fue precisamente esta fuerza la que constituyó la columna vertebral del Octubre proletario; sin embargo, resultó insuficiente: la guerra civil, el espontaneísmo pequeñoburgués y, posteriormente, la contrarrevolución estalinista, en el contexto del fracaso del intento de revolución europea, le impidieron llevar la lucha emprendida hasta su objetivo final.
A pesar de ello, incluso en la segunda mitad de los años veinte, el número de decistas –los críticos más consecuentes del estalinismo– rondaba las 2.000 personas, 500 de las cuales se encontraban en Moscú y Leningrado. Se denominaba “decistas” a los miembros del grupo del centralismo democrático, liderado por los viejos bolcheviques Timoféi Sapronov (1887-1937) y Vladímir Smirnov (1887-1937). Alguien los llamó los levellers de la Revolución Rusa, en honor al ala más radical de la Revolución Inglesa del siglo XVII. No les interesaban los cargos en la jerarquía del partido y del Estado estalinistas; luchaban por los intereses del proletariado, manteniéndose fieles a sus principios. Casi todos los decistas fueron fusilados, pero a ninguno de ellos se le pudo llevar a juicios farsa ni obligar a difamarse a sí mismos ni a sus camaradas.
Los centros clandestinos de los “grupos de la oposición proletaria”, como empezaron a denominarse entre 1928 y 1929, coordinaban campañas de reparto de panfletos bastante masivas, orientadas principalmente a los centros industriales, donde contaban con un sólido respaldo entre los obreros. Conviene prestar atención a este aspecto: incluso en la lúgubre época de los años treinta, cuando la contrarrevolución estalinista en la URSS y el nazismo y el fascismo en Europa llevaron el dominio de clase de la burguesía a formas extremas de dictadura represiva, los marxistas revolucionarios mantuvieron su apoyo entre las masas proletarias.
En sus panfletos, los decistas llamaban a las cosas por su nombre: en la URSS había triunfado la contrarrevolución; el Estado, el PCU(b) y las llamadas organizaciones “sociales” (los sindicatos oficiales, etc.) eran hostiles al proletariado y constituían instrumentos para su opresión y explotación; era preciso prepararse para una nueva revolución y construir un nuevo partido obrero, mientras se libraba, en el ínterin, una lucha defensiva contra la ofensiva de la clase dominante sobre los derechos e intereses de los asalariados. Para ellos era evidente «que los plazos de la revolución mundial se habían pospuesto a un futuro indeterminado», y que la construcción del socialismo en un solo país «equivalía a construir el socialismo en un solo cantón»1, escribe en sus memorias Eduard Duné (1899-1953), uno de los pocos miembros supervivientes de este grupo, quien pasó muchos años en los campos del Gulag en Vorkutá, pero logró emigrar de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial. En Francia participó en el movimiento partisano; más tarde, al encontrarse aislado, se unió a los mencheviques, pero se mantuvo fiel a sus convicciones, como atestigua un texto publicado en 1947.
Ya en el otoño de 1926, los decistas abandonaron la Oposición Unificada trotskista-zinovievista, por considerar que su política hacia la dirección estalinista era inaceptablemente conciliadora e inconsecuente. Como lo expresó Sapronov con franqueza proletaria: «¡Nosotros no le vamos a limpiar las botas a Trotsky!». Al mismo tiempo, cabe señalar que, en varias agrupaciones regionales importantes de la “Oposición Unificada” (en el Donbás, en Briansk, en Sverdlovsk), la influencia de los decistas era predominante.
Desde el principio, la organización de los decistas no se estructuró como una fracción interna del partido, sino como una red de células clandestinas concebida para operar en la ilegalidad. En esto se diferenciaba de los grupos trotskistas, que invertían todas sus energías en participar en las asambleas del partido, intentando en vano derrotar al aparato partidista por medios “constitucionales”. Es revelador que en el grupo se admitiera tanto a viejos bolcheviques como a elementos sin partido.
«La lucha por una reforma interna del partido no podrá aportar nada sustancial, ya sea que esté en el poder Stalin o Trotsky. El PCU(b) ya en la actualidad (1926) no es el partido de la clase obrera y no expresa los intereses de esta», escribe Duné. Por lo tanto, los decistas no se propusieron luchar para sustituir a Stalin por Trotsky u otra figura; comprendían que les aguardaba una «labor minuciosa y prolongada» para forjar un «verdadero partido proletario». Esta fue una elección sumamente dura. «Stalin asustaba a su partido con el peligro de la escisión y de la destrucción de la dictadura del proletariado, del poder soviético. Los trotskistas infundían el mismo temor, pero no advirtieron que la escisión era lo que Stalin necesitaba y que el poder soviético había sido liquidado bajo el mandato de este. ¿Y ahora? Ahora, al igual que antes, la antigua oposición interna del partido está dispersa y es incapaz de crear una organización unida entre los correligionarios recluidos en los aisladores políticos
. […] Resulta un tormento moral romper con todo el pasado de uno, admitir que hay que descartar por erróneas décadas de vida consciente. Esto ya no pertenece al terreno de los hechos, sino al de la psicología; no obstante, ella (nuestra psicología) no siempre nos permitió percibir el panorama real»2.
Al haber creado una organización autónoma, los decistas no actuaban abiertamente ni recababan firmas para sus documentos, sino que preferían llevar a cabo una labor individual y realizar campañas de distribución de folletos. «Nuestras organizaciones de base (células) no superaban los 5 miembros; si había más personas, se creaba una nueva célula en la misma empresa. Los representantes de las células elegían a delegados para los centros. Conocí centros de este tipo: en Ucrania (Járkov), en el Donbás (Lugansk), en los Urales (Sverdlovsk) y en Moscú. Además del centro local, en Moscú existía un “Centro Literario” propio. En Leningrado no existía tal centro, dado que teníamos muy pocos simpatizantes (lo sé porque llevé allí una maleta con literatura)»3. Leningrado era el principal bastión de la oposición trotskista-zinovievista. «Solo podían hablar en nombre del grupo o intervenir en las asambleas aquellos que habían revelado su identidad [es decir, que habían dejado de operar en secreto]. Cuando era inevitable, en las disputas dentro del partido podían intervenir en nombre de los trotskistas. Semejante clandestinidad no podía satisfacer a una juventud de sangre caliente, que ansiaba pasar a la acción abierta. La juventud bullía, estaba efervescente. Para Trotsky, la juventud era el barómetro del partido. En efecto, los trotskistas absorbieron excelentes cuadros juveniles, entre los cuales, al fragor de la lucha, surgieron figuras de gran talento a las que la vieja guardia prestaba oídos y que, a menudo, marcaban la pauta […]. Todos los simpatizantes de los trotskistas se dieron a conocer y fueron deportados. Los partidarios de los decistas sufrieron menos bajas»4.
Los decistas prestaron seria atención a la creación de imprentas ilegales y a la adquisición de equipos de reproducción. Incluso llegaron a crear su propia “Cruz Roja” para asistir a los presos políticos. Precisamente gracias al carácter clandestino de la organización, algunos decistas cayeron más tarde a manos de la Gestapo y no de los estalinistas, mientras que otros prosiguieron su actividad después de la Segunda Guerra Mundial sin haber sido arrestados nunca: uno trabajaba en el Instituto de Profesores Rojos y otro en el Instituto de Economía Mundial. ¿Hubo otros? Se ignora. Pero incluso en la época de Brézhnev, incluido Járkov (que durante la era estalinista fue uno de los núcleos decistas), existían grupos de jóvenes obreros y estudiantes que afirmaban que la URSS poseía una base económica capitalista y que el Estado era una dictadura del capital. Es improbable que existiera un vínculo directo entre los decistas y estos grupos, pero de haberlo habido, lo más probable es que hoy fuésemos una fuerza capaz de alzar más alto la bandera del internacionalismo proletario.
«La organización de los “decistas” no contaba en sus filas con nombres ilustres, populares en los amplios círculos del partido o en el país. No teníamos a nuestro propio Lenin, ni a un Plejánov, ni a un Trotsky. A cambio, albergábamos la certeza de que el tiempo ayudaría a encontrarlos»5. Y también existía la convicción de que el tiempo validaría lo acertado de sus evaluaciones y de la elección basada en ellas.
Esta es una de las muchas páginas poco conocidas de la historia de nuestra clase, una experiencia que las nuevas generaciones de marxistas deben asimilar. En la figura de los decistas, el bolchevismo emprendió un intento infructuoso de salvar en su seno aquello que lo vinculaba a la estrategia de la revolución mundial. En este sentido, se les puede denominar “los últimos bolcheviques”.
La línea divisoria del “curso de izquierda”
En 1925, como resultado de la XIV Conferencia del Partido Comunista Ruso (bolchevique), se consolidó el paso de la línea orientada hacia la revolución comunista mundial a la de la construcción del socialismo en un solo país. Se inició así una prolongada fase contrarrevolucionaria. En estas circunstancias, cristalizó la llamada Oposición Unificada: un bloque inestable compuesto por cuatro grupos enfrentados entre sí (trotskistas, zinovievistas, decistas y la “oposición obrera”). La historia y los posicionamientos de cada uno de ellos merecen un análisis aparte. Aquí nos referiremos a su efímera unión en un bloque único y a su inevitable desintegración.
Las concepciones fundamentales de la Oposición Unificada quedaron plasmadas en la “Declaración de los 13” (julio de 1926), en la “Declaración de los 83” (mayo de 1927) y en su principal documento programático: el “Proyecto de Plataforma de los Bolcheviques-Leninistas (Oposición) para el XV Congreso del PCU(b)” (septiembre de 1927), firmado por 13 miembros del Comité Central y de la Comisión Central de Control del partido: N. I. Murálov, G. Y. Yevdokímov, J. G. Rakovski, G. L. Piatakov, I. T. Smilga, G. Y. Zinóviev, L. D. Trotsky, L. B. Kámenev, A. A. Petersón, I. P. Bakáyev, K. S. Soloviov, G. Y. Lizdin y P. N. Avdéyev. Los integrantes del bloque condenaban el régimen interno del partido, criticaban a la cúpula estalinista por sus concesiones a los kulaks, abogaban por una industrialización acelerada, exigían el cumplimiento del “testamento de Lenin” para destituir a Stalin del cargo de secretario general del CC del PCU(b), defendían la orientación hacia la revolución proletaria mundial, reprobaban a la dirección del Komintern por sus “concesiones” a las fuerzas burguesas y reformistas, y rechazaban la idea de la viabilidad de construir el socialismo en un solo país.
Ya en julio de 1926, Zinóviev fue destituido del Buró Político, seguido por Trotsky y Kámenev en octubre. En noviembre de ese mismo año, la XV Conferencia del PCU(b) acusó a la Oposición Unificada de incurrir en una “desviación socialdemócrata” oportunista. Entre octubre y noviembre del año siguiente, Trotsky, Kámenev y Zinóviev fueron expulsados del Comité Central del PCU(b).
El centro neurálgico de la Oposición Unificada se hallaba en Moscú. Los grupos locales se subordinaban al centro regional o directamente a Moscú. El centro coordinaba las labores mediante correos y emisarios especiales. Los primeros se limitaban a entregar directrices y literatura opositora sobre el terreno, mientras que los segundos ostentaban atribuciones más amplias. Algunos se establecían en una ciudad para organizar el trabajo de la oposición, mientras que otros visitaban las regiones de forma periódica, facultados para supervisar e intervenir en la actividad de los grupos locales, llegando incluso a destituir a sus líderes y nombrar a otros nuevos. Los grupos recaudaban cuotas. Por consiguiente, concurrían todos los rasgos de una unidad no solo ideológica, sino también organizativa; y dado que la Oposición Unificada seguía operando en el seno del partido, se trataba de una actividad netamente fraccional. Sin embargo, ya en 1926, a causa de discrepancias ideológicas, los decistas y la “oposición obrera” abandonaron el bloque.
En diciembre de 1927 se celebró el XV Congreso del PCU(b), en el que se dictaminó que «la pertenencia a la oposición trotskista y la propagación de sus ideas son incompatibles con la militancia en el PCU(b)». En ese momento fueron expulsados del partido 75 dirigentes de la oposición trotskista-zinovievista, entre ellos Kámenev, Piatakov, Bakáyev, Yevdokímov, Zalutski, Lashévich, Murálov, Radek, Rakovski, Safárov, Smilga, I. Smirnov y Sosnovski. Trotsky y Zinóviev habían sido expulsados en noviembre por participar en una manifestación de la oposición.
Asimismo, fueron expulsados 23 miembros del grupo «abiertamente antirrevolucionario» de T. V. Sapronov. Paralelamente, se llevó a cabo el proceso de expulsión de militantes opositores de base y activistas locales. Durante los dos meses y medio posteriores al 15 de noviembre de 1927, 2.288 personas fueron expulsadas por “labor fraccional”.
En ese mismo XV Congreso se produjo la disolución de facto de la Oposición Unificada: el 19 de diciembre, los zinovievistas presentaron a la presidencia del congreso una declaración de capitulación. El hecho de que no todos dieran ese paso –por ejemplo, el grupo liderado por Safárov se negó a firmar el documento y fue desterrado junto con los trotskistas– permite sostener que la Oposición Unificada mantuvo una existencia formal hasta 1928, fecha en la que capitularon los últimos zinovievistas.
Los motivos de estas capitulaciones no se limitaban en absoluto a la represión. ¿Qué más aconteció en el XV Congreso? A partir del informe de Mólotov, se aprobó una resolución sobre el trabajo en el campo que contemplaba la intensificación de las medidas para crear granjas colectivas (koljoses) y el endurecimiento de las restricciones contra los kulaks, aunque de ninguna manera preveía la aniquilación de estos últimos. Algunos opositores vislumbraron en ello destellos de un “curso de izquierda” y el pretexto para deponer las armas contra la dirección estalinista.
Dos semanas más tarde, debido a la «marcha insatisfactoria de los acopios de cereales», Stalin viajó a Siberia, donde permaneció del 15 de enero al 6 de febrero de 1928. Fue allí donde proclamó de facto el “nuevo curso”: la ejecución de una “colectivización” agrícola integral. «Stalin exigió a las autoridades locales medidas excepcionales contra los kulaks, el registro de los graneros, el bloqueo de las carreteras para impedirles sacar su grano a la libre venta, la confiscación de sus reservas de trigo y la venta del 25 % de los productos agrícolas decomisados a los campesinos de escasos recursos a precios bajos»6.
El 28 de febrero, Piatakov presentó una solicitud formal de readmisión en el partido. Krestinski y Antónov-Ovséyenko siguieron su mismo camino. El distanciamiento de la oposición no se limitó a las figuras de primera línea. Entre 1926 y principios de 1928, 3.381 individuos declararon su ruptura con ella. En febrero de 1928, se les sumaron otras 614 personas.
Para Piatakov, que durante largo tiempo había presidido el Comité General de Concesiones y ejercido como vicepresidente del Consejo Supremo de Economía Nacional (VSNJ) de la URSS, las ansiadas modificaciones en el programa económico constituían motivo suficiente para retornar al PCU(b) y hacer la vista gorda ante el hecho de que no se había producido alteración alguna en la democracia interna del partido ni en la política internacional. Más adelante, esta misma lógica llevaría a la capitulación a los economistas Smilga y Preobrazhenski, quienes reingresaron en el partido en 1929.
Ya a finales de 1924 se había publicado el libro de Preobrazhenski “La Nueva Economía”. En él teorizaba sobre la “ley de la acumulación socialista originaria”, aseverando que el país solo contaba con una fuente vigorosa para extraer los recursos necesarios para el salto industrial: el campo. Se trataba de un “intercambio desigual” entre la agricultura y la industria con vistas al desarrollo acelerado de esta última. Consideraba que la industria pesada nacionalizada conducía por imperativo a una economía planificada y a una rápida industrialización, y que Stalin, al decantarse por el “curso de izquierda”, había caído cautivo de esta necesidad y se vería obligado a avanzar por esa senda cada vez más lejos.
Trotsky no reconoció el “curso de izquierda”, ya que este no entrañaba una atenuación del régimen interno del partido; los opositores seguían desterrados. Los grupos de la oposición reanudaron su actividad en las regiones centrales de Rusia, en los Urales, en Ucrania y en el Cáucaso Norte. Según Yaroslavski, quien coordinaba toda esta red desde Moscú era el «secretario general de los trotskistas», Borís Eltsin7. No obstante, el auténtico centro que enlazaba a las colonias de exiliados con los emergentes grupos de opositores era Alma-Atá. Tan solo por vías legales, entre abril y octubre de 1928, llegaron allí más de mil cartas y 700 telegramas. Desde ese mismo punto, Trotsky despachó 800 cartas políticas y 550 telegramas.8
Pero el Estado estalinista no se limitó únicamente a modificar su política económica: en 1928 se emprendió una campaña contra la “desviación de derechas” y una cruzada «contra el burocratismo y la descomposición» de los militantes del partido. El país entero empezó a hablar de las úlceras de Smolensk y Artiómovsk. En el diario “Pravda” del 12 de mayo se publicó un artículo titulado “El absceso de Smolensk”. El texto trataba sobre la fábrica textil “Katushka”, donde de un total de más de 500 trabajadores, 200 militaban en el partido y otros 80 en el Komsomol. A pesar de este desorbitado porcentaje de cuadros comunistas, los capataces extorsionaban a los obreros exigiéndoles sobornos con vodka, aperitivos y dinero, y a las obreras… con su cuerpo. Al comentar este artículo, un decista de nombre Stepán escribía desde el exilio a un corresponsal anónimo: «El autor del artículo […] no se cansa de repetir: inaudito, nunca visto, increíble. ¡Vil hipocresía! ¿Acaso [esto constituye] una rarísima excepción, algo increíble y nunca visto? En absoluto. De hecho, lo que tú relatas sobre tu fábrica se asemeja muchísimo a lo que aconteció en la Katushka. ¿Y cuántos artículos leemos –incluso en la prensa oficial– en los que se destapan hechos idénticos? Y, sin embargo, cada vez se presentan como excepciones y se califican de hechos sin precedentes, increíbles e inauditos».
La lucha contra los abscesos con el fin de prevenir la gangrena es una necesidad inherente a todo organismo, incluido el Estado estalinista; de la misma forma, la exigencia de llenar las arcas del tesoro obliga ineludiblemente a dar virajes en la política económica.
En 1927 estalló en el país la crisis de los acopios de grano. En el mercado privado se disparó aceleradamente el precio del trigo, cuya aguda escasez provocó una drástica reducción de las exportaciones: de 2,177 millones de toneladas de cereal en 1926-1927 a 344.400 toneladas en 1927-1928. Como resultado, para garantizar el abastecimiento de alimentos de las ciudades, hubo que importar 248.200 toneladas de grano, gastando en ello 27,5 millones de rublos en divisas. Semejante situación ponía en peligro el programa de importación de maquinaria y bienes de equipo, pilar de la industrialización.
Tal es el verdadero contenido material del cambio en la “línea general” del PCU(b), que numerosos opositores desterrados acogieron con alborozo o con alegre sorpresa, creyendo que sus pronósticos se habían confirmado. También albergaban la esperanza de ser llamados de vuelta al partido. Y así sucedió. Ante la carestía de cuadros preparados, la dirección estalinista se mostró dispuesta a acoger en su asfixiante abrazo a los opositores arrepentidos, aunque no para devolverles sus antiguos cargos directivos, sino puestos de rango inferior.
Los conciliadores constituían un fenómeno de masas en el seno del trotskismo, si bien la oposición de los bolcheviques-leninistas (como se hacían llamar) no se agotaba en ellos. Mientras Radek escribía a Preobrazhenski en mayo de 1928 que el «centro» (es decir, la dirección estalinista) no debía ser «considerado como un enemigo» mientras se moviera «hacia la izquierda» y que se debía «desechar el resentimiento», Rakovski, quien formaba parte del círculo íntimo de Trotsky, aseveraba desde el exilio, al igual que muchos de sus correligionarios de la fracción de los llamados “irreconciliables”: «Considero una utopía toda reforma del partido que se apoye en la burocracia partidista». A partir de esto, los irreconciliables sacaban la siguiente conclusión: el “curso de izquierda” es solo una maniobra, un zig-zag de la camarilla de Stalin.
Confinado en el destierro, el 6 de agosto de 1928 Rakovski redactó una obra breve, de menos de 20 páginas: “Carta a G. B. Valentínov”1. Iba dirigida al autor de un texto muy conocido en la oposición, “Reflexiones sobre las masas”, quien había sido redactor jefe del periódico “Trud”, había firmado la “Declaración de los 83” y que en 1927 había sido expulsado del partido y desterrado. La obra de Rakovski es el primer ensayo en el que la oposición intentó analizar el fenómeno de la burocracia soviética y del partido. En ella sostiene que se trata de un fenómeno «de un orden nuevo», una «nueva categoría sociológica» cuyo estudio requeriría un tratado completo. La burocracia, valiéndose de la pasividad de la masa del partido y de la clase obrera, usurpa el poder. Este nuevo estrato social se desvincula, al menos parcialmente, de los obreros. En esencia, aquí concluyen las reflexiones de Rakovski: no ofrece respuesta a la pregunta de a qué clase pertenece dicha burocracia.
Los debates sobre la naturaleza de la burocracia, sobre el contenido de clase del “Termidor estalinista” y sobre la fase en que este se hallaba, eran constantes en los círculos de la oposición. Si para la mayoría de los trotskistas el Termidor aún no había concluido, para los decistas ya se había consumado por completo. De ahí emanaban sus diferencias tácticas. «Soy partidario de formar un bloque con el centro o con la fracción del mismo que acepte presentar batalla al Termidor», escribía Radek en marzo de 1929. Trotsky, por su parte, a principios de 1928 escribió el documento programático “Ante una nueva etapa”, cuyo primer punto lleva por título “El peligro del Termidor”. En el artículo “Viejos errores en una nueva etapa”, los decistas señalan las «medias tintas» de tal valoración, llamando la atención sobre el hecho de que «antes de consolidar su dominio de facto, la burguesía puede, temporalmente, autolimitarse en cuanto a derechos políticos formales y delegar dichos derechos en la burocracia. […] Los autores del documento […] no se atreven a llamar a las cosas por su nombre y a sacar las deducciones políticas necesarias. […] Negar el Termidor como un hecho real, ¿no es acaso ayudar al aparato a enmascarar la contrarrevolución?».
Si para los decistas –quienes habían llegado a la conclusión de que la contrarrevolución había finalizado– no quedaba más camino que la organización y la lucha contra el estalinismo, para quienes creían que el Termidor aún continuaba persistían las esperanzas ilusorias en un enésimo “giro a la izquierda”. A partir de la segunda mitad de 1930, comenzaron a apartarse de la oposición aquellos que celebraban la “colectivización” forzosa y los elevados ritmos de industrialización. Después de 1930, las ideas conciliadoras siguieron propiciando el retorno del destierro de algunos trotskistas aislados, aunque ya sin el carácter masivo anterior.
Otro resultado inevitable del conciliacionismo fue que la facción irreconciliable de los trotskistas –tanto en el exilio como en libertad– empezó a solidarizarse cada vez más con los decistas e, incluso, a pasarse a sus filas. La OGPU constató que ambas corrientes sostuvieron reiteradas negociaciones para emprender acciones conjuntas y valorar una posible fusión. En concreto, dichas conversaciones las llevó a cabo en nombre de los trotskistas irreconciliables, en marzo de 1928, Vladímir Kosior, hermano del secretario general del CC del PC(b) de Ucrania, Stanislav Kosior. Sin embargo, entre los decistas predominaba una actitud negativa frente a la perspectiva de unirse a la Oposición de Izquierda, provocada por el rechazo al “carácter reformista” de la táctica de Trotsky. Las discrepancias más serias se manifestaban en relación con las huelgas. Mientras los partidarios de Trotsky consideraban necesario evitarlas, los decistas se fijaban la tarea de participar activamente en ellas y, en la medida de lo posible, de dirigirlas. En el trabajo práctico de los decistas, la clandestinidad (códigos, cifras, domicilios clandestinos, tinta invisible, puntos de contacto, etc.) adquiría cada vez mayor importancia. Se preveía el paso a la clandestinidad de aquellas personas amenazadas por detenciones.
No obstante, también entre los trotskistas irreconciliables había quienes pasaban con creciente frecuencia a la lucha abierta contra los estalinistas; a ellos y a sus actividades se les dedicará un artículo aparte. Por el momento, centrémonos en cómo y por qué los decistas criticaban a Trotsky y a sus seguidores.
En agosto de 1928, Yákov Agránov, subdirector del Departamento Secreto de la OGPU, entregó al secretario del Colegio del Partido de la Comisión Central de Control, Yemelián Yaroslavski –quien por entonces tenía a su cargo la lucha contra los opositores–, el documento “Sobre el Termidor y el centrismo”, que los decistas distribuían por aquellas fechas y en el que se formulaba la siguiente valoración: «El centrismo constituye la principal amenaza para la clase obrera, el obstáculo fundamental en su lucha contra la burguesía. El centrismo resulta especialmente peligroso para la oposición, y no tanto por la cárcel y el exilio como por el llamado “curso de izquierda”. La cuestión más importante y apremiante para la oposición en estos momentos es la del carácter de clase del actual régimen. La falta de claridad y las medias palabras y, con mayor razón, la falsedad en esta materia, representan el principal peligro para el movimiento de oposición, la fuente cardinal de la inseguridad e inestabilidad de los opositores […]. […] Quien vea en los intentos de Stalin de golpear a los kulaks un curso proletario de izquierda, se equivoca cruelmente, no ve la otra cara del rumbo estalinista, no ve la presión cada vez mayor sobre los obreros, la persecución de la oposición y la expulsión de los partidos comunistas extranjeros y del Komintern de todos los partidarios de la oposición».
Así pues, el error capital de Trotsky radica en su incomprensión del carácter capitalista del Estado estalinista, lo que desembocó en un tacticismo centrista que, hasta el día de hoy, constituye el rasgo distintivo de los trotskistas.
EL ABECÉ DE LA REVOLUCIÓN
El 6 de octubre de 1928, uno de los líderes de los decistas, Vladímir Smirnov, envió una carta a su camarada Tarás Jarechko. Merece ser citada de manera extensa: «Trotsky mantiene su habitual línea de vacilaciones; […] ni siquiera la prisión y el exilio, sufridos por él y sus partidarios más cercanos, lo han curado de estas ilusiones. […] Toda la línea de Trotsky, desde 1923 en adelante, se ha basado […] en que la oposición, junto con la mayoría del CC (es decir, junto a los llamados “centristas”), lucharía contra el “peligro de derechas”. Así lo manifestó él […] en el pleno del CC de febrero de 1927, y en casi todas sus cartas y documentos actuales se remite a aquella intervención como la base de la línea táctica de los trotskistas. […] Asustar a los “centristas” con el peligro de derechas, aguardar con impaciencia “el golpe de la cola derecha sobre la cabeza centrista”, sostener esa cabeza […], soñar con formar un bloque con ella… […] tal es la táctica de Trotsky. ¿Qué nombre recibe semejante postura? Es la más pura postura centrista, que no apuesta por la lucha contra los oportunistas en defensa de su propia línea, sino por la escisión entre los propios oportunistas […].
[…] En 1923, Trotsky asustaba al CC diciendo que si no cedía ante la oposición, se desarrollarían corrientes antipartido dentro del partido. El CC, en lugar de ceder, asfixió al partido. Ahora Trotsky lo asusta argumentando que, si no cede ahora, el obrero “desbordará los límites del partido bolchevique y de la dictadura del proletariado”. […] ¡Sí, únicamente a la impotencia puede conducir el miedo frente a la única fuerza en la que cabe apoyarse!
[…] Ya es hora de examinar qué es exactamente esa “internacionalidad” que Trotsky exhibe constantemente y por no estar de acuerdo con la cual Sosnovski nos acusa de “enfriamiento hacia la revolución internacional”, de propugnar la “teoría de la oposición en un solo país” y de “estalinismo a la inversa”. En realidad, este internacionalismo de Trotsky no es más que una pieza indispensable de toda su línea centrista.
[…] En qué consiste este “enfoque internacional” aplicado a las cuestiones internas. “El desarrollo interno de la URSS y del partido gobernante”, escribe Trotsky, “reflejó plenamente […] el cambio de la situación internacional, sirviendo como refutación palpable de las nuevas teorías reaccionarias sobre el desarrollo aislado del socialismo en un país particular. El rumbo de la dirección interna fue, huelga decirlo, el mismo que el del CEIC: un centrismo que resbala hacia la derecha”.
[…] “Un cierto desencanto respecto a la revolución internacional”, prosigue Trotsky, “que se apoderó en parte también de las masas, empujó a la dirección central hacia perspectivas puramente nacionales, las cuales hallaron su lamentable expresión en la teoría del socialismo en un solo país”. Bajo el influjo de estas perspectivas puramente nacionales, “la dirección oficial se escoraba cada vez más hacia las posiciones de un desarrollo económico aislado y autárquico”. Gracias a esto, “la cuestión del ritmo de nuestro desarrollo económico no fue siquiera planteada por nuestra dirección”. Al omitir la cuestión del ritmo, “íbamos perdiendo el ritmo por causa de una directriz económica errónea”. Y, a la par, se desencadenó una “pérdida sistemática del ritmo también en las cuestiones de la revolución internacional”, provocada por “la incapacidad centrista de valorar la situación revolucionaria y de aprovecharla en el momento preciso”. Sin embargo, “la cuestión del ritmo es la cuestión decisiva en cualquier lucha” y, al haberla soslayado, hemos entrado en “un período temporal, sin duda, pero de profundo debilitamiento de las posiciones de la revolución internacional”.
Todo esto resulta no solo internacional, sino también dialéctico: la causa y el efecto se alternan constantemente. La dirección del CEIC y del CC del PCU dejó escapar la situación revolucionaria en Alemania y condujo a la derrota de la revolución alemana. A continuación, opera la acción inversa del efecto sobre la causa: la derrota de la revolución en Alemania provoca el desencanto de la dirección del CC del PCU respecto a la revolución mundial. Embargada por la aflicción, urde la teoría del socialismo en un solo país, olvida la cuestión del ritmo de nuestra construcción y se vuelve definitivamente centrista. Acto seguido, nuevamente la acción inversa del efecto sobre la causa: debido a la incapacidad del centrismo para sopesar la situación revolucionaria, se pierde el ritmo también en el movimiento internacional; se desperdician las coyunturas revolucionarias en Inglaterra y en China. El resultado es un “profundo debilitamiento de la revolución mundial”. Y la “consumación del gigantesco cambio en la correlación de las fuerzas mundiales durante los últimos años”, como reza la carta del 9/V, fue el aplastamiento de la oposición en nuestro país. Tesis, antítesis y síntesis… todo en perfecto orden.
Hay un único inconveniente: como marxistas, estamos acostumbrados a explicar el cambio de la situación política por la alteración en la correlación de clases y por la lucha entre ellas. Pero para Trotsky, toda la interacción dialéctica tiene lugar entre la “situación mundial” y los cerebros de quienes dirigen el CEIC y el CC del PCU. Trotsky le reprocha al CC que “la fracción oficial en 1923 desechaba los criterios de clase, operando con conceptos como el campesinado en general”. Un reproche acertado. Pero ¿qué decir del propio Trotsky, bajo cuyo “enfoque internacional” ha desaparecido también el “campesinado en general” e incluso el proletariado, y quien en todo el capítulo titulado “La política de 1923-26” habla en un solo lugar de “la presión de los nuevos estratos de clase que se formaban sobre la base de la NEP, que se entrelazaban con el aparato estatal, que deseaban que no se les impidiera ascender y que no estaban siendo iluminados por el farol leninista”?
[…] La dialéctica de la lucha de clases ha desaparecido del esquema de Trotsky. Pero, siendo así, toda la “dialéctica” de Trotsky no es en absoluto una dialéctica marxista, por mucho que en sus razonamientos la palabra “internacional” se repita cada dos por tres.
Que la economía moderna ha sobrepasado con creces los marcos nacionales, que se ha convertido ya en una economía mundial, es algo que no negará ningún ideólogo de la burguesía. A nadie se le ocurriría negar tampoco que, debido a esto, la situación política de cada país se halla íntimamente ligada a la situación política de los demás países. Pero el marxismo se distingue precisamente de estos lugares comunes en que, desde su punto de vista, la economía no determina la situación política de manera directa, sino a través de la lucha de clases.
La lucha de clases del proletariado es, ante todo, la lucha contra su propia burguesía. Esto se deriva del sencillo hecho de que la burguesía no ha creado y no puede crear un Estado mundial, de que el Estado –esa arma del dominio de clase de la burguesía– es un Estado nacional. En este sentido, si se quiere, la lucha de clases es una lucha “limitada nacionalmente”.
[…] Únicamente quien en su afán por la “internacionalidad” haya olvidado el abecé de la revolución podría reprocharnos que, al recordar esta verdad elemental, estamos incurriendo “en el abandono de la perspectiva internacional” o en “estalinismo a la inversa”. El proletariado no lucha contra su burguesía en un solo país, sino en cada país. Y dado que los fundamentos de la explotación del proletariado por la burguesía son idénticos en todos los países, y dado que las formas del dominio burgués son en esencia las mismas en todas partes, la experiencia de lucha del proletariado de cada país constituye una experiencia internacional. Asimismo, al plantearse como meta la abolición de la contradicción entre el carácter social de la producción y la propiedad privada de los medios de producción, el proletariado, en el transcurso de la resolución de esta tarea, deberá ineludiblemente suprimir también una segunda contradicción: la que existe entre el carácter mundial de la producción y la organización nacional-estatal de sus partes. Además, la economía de, si no todos, al menos grupos enteros de países (por ejemplo, los europeos) está tan estrechamente entrelazada que la victoria del proletariado en un país no puede dejar de provocar perturbaciones profundísimas en la economía de los países vecinos, perturbaciones que acelerarán drásticamente en ellos el estallido de una situación revolucionaria. La lucha “limitada nacionalmente” (debido a la estructura fraccionada en naciones de la economía mundial) del proletariado, desborda inevitable y muy rápidamente los marcos nacionales, rompe las fronteras estatales y solo puede hallar su culminación –la construcción del socialismo– a escala mundial.
Todo esto es el abecé. Pero de este abecé se deduce que, mientras subsista la estructura de clases de la sociedad, y mientras subsista con ella la división de la economía mundial en parcelas nacionales y estatales, no se puede afirmar, como hace Trotsky, que “el desarrollo interno de la URSS (o de cualquier otro país) refleja plenamente la situación internacional”. Por no mencionar la total vaguedad de un concepto como “situación internacional”, resulta meridianamente claro que el desarrollo político de un país aislado no está determinado por la “situación internacional” (ni la refleja) de forma directa, sino a través de las alteraciones en la correlación de fuerzas de clase, a través de la lucha de clases en ese país. Nuestra economía no es una economía aislada. Es parte de la economía mundial y cumple en ella un papel determinado. Los cambios en la economía mundial modifican también dicho papel, modifican a su vez la correlación de clases que se genera sobre esa base. Pero nuestra situación política, la política de la URSS, está determinada por esta correlación de clases interna nuestra.
[…] Resulta tedioso tener que desmenuzar estas verdades elementales. Pero, ¿qué se le va a hacer, si “el reflejo de la situación internacional en el desarrollo interno de la URSS” según Trotsky consiste en que la derrota de la revolución alemana “repercutió” en Bujarin, Stalin y otros en forma de “desencanto” con la revolución mundial; en que, bajo la influencia de ese desencanto, crearon la teoría del socialismo en un solo país, no pensaron en armonizar el ritmo de nuestro desarrollo con el desarrollo mundial, perdieron el ritmo, etc.? ¿Qué se puede hacer cuando, bajo el disfraz del enfoque “auténticamente leninista” o “internacional”, se nos ofrece una simple charlatanería sobre el internacionalismo redactada con frases pulidas?
Pero, ¿cuál es el sentido objetivo de esta charlatanería? Radica en que, tras ese análisis “sutil” de “cómo sedimenta en los cerebros de la vanguardia o de la vanguardia de la vanguardia” (carta del 9/V) la célebre “situación internacional”, se “olvidan” de analizar cómo se refleja en los cerebros de esta “vanguardia” la ideología de nuestras clases “nacionalmente limitadas”, cuyos intereses vienen a expresar las teorías “erróneas” de dicha vanguardia.
[…] su enfoque “internacional” no es más que una tapadera decorosa para su política centrista, la cual se afana tenazmente en presentar a los oportunistas como revolucionarios descarriados, cuando en realidad son renegados del comunismo y traidores a la revolución. Huelga decir que no podemos tener absolutamente nada en común con semejante perspectiva internacional.
[…] El partido bolchevique se forjó en la lucha no solo contra la derecha abierta –los “economistas” y los “liquidadores”–, sino también contra los centristas de todo tipo y con todos sus matices. Y no podía ser de otra manera: fue solo gracias a los centristas que la derecha declarada pudo reclutar partidarios entre los obreros en las oscuras épocas de reacción; solo la fraseología izquierdista de los centristas lograba desorientar –y a veces por largo tiempo– a revolucionarios honestos y abnegados.
Quien desempeña hoy ese papel centrista es Trotsky».
Junio-julio de 2025.
Footnotes
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- Duné (Ivánov), E. “El centralismo democrático”, en Archivo de Trotsky. Edición a cargo de Y. G. Felshtinski. Járkov: Oko, 2001. Tomo II, p. 391. ↩ ↩2
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- Ibíd. ↩
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- Ibíd., p. 392. ↩
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- Ibíd., pp. 392-393. ↩
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- Ibíd., p. 392. ↩
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- Felshtinski, Y. G., y Cherniavski, G. I. “León Trotsky. Libro tercero. El opositor. 1923–1929”. Moscú: Tsentrpoligraf, 2013, p. 191. ↩
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- Yaroslavski, Ye. M. “Los muertos avanzan deprisa”, en “Más allá de la última línea. La oposición trotskista después del XV Congreso”. Moscú; Leningrado: Editorial Estatal, 1930, p. 159. ↩
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- Deutscher, I. “Trotsky en el exilio” [Edición rusa de “El profeta desterrado”]. Moscú: Politizdat, 1991, p. 14. ↩