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Irán como centro neurálgico de la crisis del imperialismo

↳ La revista «El Prometeo comunista» №1 — Mayo 2026

Este texto constituye un análisis marxista del papel de Irán en la actual crisis imperialista y de la dinámica de clases al interior del país. Mientras que los ideólogos liberales discurren sobre la pugna entre “reformistas” y “conservadores”, nosotros demostramos que todas las fracciones de la burguesía iraní se mantienen unidas a la hora de aplastar al movimiento obrero, utilizándolo como un mero ejército de figurantes en sus disputas intestinas por el control de los activos. En el contexto de la intervención estadounidense-israelí en curso, rechazamos categóricamente tanto cualquier apoyo a la invasión extranjera como los llamamientos a la “unidad nacional” en torno al régimen islámico. La única respuesta del proletariado debe ser la táctica del derrotismo revolucionario: la clase obrera iraní tiene que emanciparse de la influencia de la burguesía, forjar su propio partido de vanguardia y aprovechar la guerra para demoler el Estado burgués e instaurar la dictadura del proletariado a través de los consejos obreros renacidos.

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No es la primera vez que precisamente Oriente Medio, y en concreto Irán, se sitúan en el epicentro del choque entre las potencias imperialistas y de su pugna por el nuevo reparto de los mercados y de las esferas de influencia. Así ocurrió en las vísperas de la Primera Guerra Mundial, cuando se consumó el reparto de Irán entre los imperialismos británico y ruso. Así sucedió también durante la segunda carnicería mundial, cuando el régimen del sah optó por entablar relaciones con la Alemania hitleriana y, a la postre, terminó nuevamente ocupado por un condominio anglo-ruso. El Teherán de 1943 se erigió como uno de los símbolos de un nuevo reparto imperialista que presagiaba el desenlace de aquella masacre.

Desde entonces, se ha sucedido un prolongado ciclo de desarrollo capitalista que ha alterado de manera sustancial la composición internacional de los depredadores, su peso específico y la correlación de fuerzas entre ellos: a la par de las potencias capaces de proyectar su política a escala planetaria, subsiste un intrincado entramado de alianzas y colisiones entre los actores regionales. No obstante, la esencia de esta pugna, desentrañada de forma magistral por Lenin hace más de un siglo, permanece inalterable: se trata del reparto de los mercados y de las esferas de influencia entre los imperialismos –bandidos que se disputan entre sí el nuevo reparto de los esclavos–, y carece de toda importancia quién desenvainó primero el cuchillo para dar paso a la violencia abierta.

Olas de protestas iraníes

Esta pugna entre los aparatos organizados de violencia del gran capital se entrelaza hoy también con la lucha de clases, una lucha que, por la agrupación de las fracciones de estas clases y por su intensidad, difiere significativamente de la época de Lenin. El proletariado no actúa como una fuerza dirigente organizada que canalice la lucha del campesinado, ávido de paz y tierra, contra el frente unido de la gran burguesía y los terratenientes. Y uno de los objetivos del análisis marxista debe consistir precisamente en que, en todo gran episodio de la lucha de clases, se critiquen las ideologías que a menudo presentan esta confrontación de clases y de sus fracciones como un impulso abstracto de las masas, de la “clase media”, hacia una libertad y una democracia igualmente abstractas.

Esto es necesario hacerlo también en el caso de Irán, donde a la intervención estadounidense-israelí le precedió una nueva ola de protestas. “Nueva” porque la tensión social en este país estalla con regularidad, a pesar de que los detonantes varíen en cada oleada de movilizaciones. Por ejemplo, podemos recordar las protestas de 2009 –el llamado “Movimiento Verde”–, que exigían un recuento de votos tras la victoria electoral del ultraconservador Ahmadineyad; o las protestas de 2019, provocadas por un fuerte aumento de los precios del combustible. Hay muchos otros motivos, pero el marxismo debe ir más allá: desde las manifestaciones externas y superficiales de esta lucha, plasmadas en consignas y reivindicaciones, hasta desentrañar el contenido socioeconómico de la lucha política. Esto es lo que haremos en el presente artículo, utilizando de manera crítica el libro “Todo Irán” del especialista ruso Nikita Smagin.

Génesis de la forma política iraní

Smagin es un liberal, antiguo partidario del nacional-liberal Navalni. Esto, inevitablemente, se refleja en su análisis aparentemente imparcial. Sin embargo, su investigación presenta una serie de ventajas, y una de ellas se puede apreciar en la siguiente cita de su libro:

«Intentando explicar algo sobre Irán, a menudo escuchaba como respuesta la frase: “¡Pero si te estás contradiciendo a ti mismo!”. La vida misma se contradice, así es en todas partes. Y en el caso de Irán, la frecuencia de estas contradicciones se multiplica exponencialmente. ¡De hecho, les diré que los propios iraníes se contradicen a sí mismos con bastante frecuencia! Irán posee un sistema político paradójico, una actitud paradójica hacia el islam, leyes y una visión del mundo paradójicas. Las paradojas en Irán no solo están a cada paso, sino que son un fenómeno sistémico que subyace en la base del Estado y la sociedad, y es lo que le permite sobrevivir y desarrollarse».

Por supuesto, una pretensión aislada de utilizar el método dialéctico no es suficiente, pero el autor realmente intenta aplicarlo de forma limitada, lo que nos ha llevado a prestar atención a su obra.

Así pues, la forma contemporánea del Estado iraní nació como resultado de las protestas y el derrocamiento del régimen del sah en 1979. Las ideologías liberales modernas intentan presentarlo como un régimen autoritario y personalista que, por su propia naturaleza, gravita hacia el llamado nuevo “eje del mal”, conformado por China y Rusia, y que desafía a un Occidente supuestamente progresista. Sin embargo, un contacto incluso superficial con la realidad política iraní refuta inmediatamente esta caricatura. En palabras de Smagin:

«Casi la primera asociación con Irán que le surge a un profano es: “allí hay una dictadura islamista”. En realidad, todo es más complejo y, si nos alejamos de los juicios emocionales, entramos de inmediato en el terreno de los matices y las salvedades: sí, pero… En la década de 1990, se formó en Irán un sistema político único donde la teocracia se combinaba con la democracia, y las instituciones no electas funcionaban en paralelo a las electas. Se celebraban elecciones con regularidad y, aunque es difícil calificarlas de verdaderamente libres, casi siempre fueron competitivas e impredecibles».

Involuntariamente, el especialista burgués revela una verdad de clase que el proletariado haría bien en grabarse a fuego: no es en absoluto solo en Irán, sino en todas partes donde la burguesía se ha consolidado plenamente en el poder, donde esta crea una mezcla de órganos de poder electos y no electos; y cuando se trata de los intereses vitales de la gran burguesía, de su estrategia, concentra la toma de este tipo de decisiones en órganos independientes de los vaivenes de los volubles intereses electorales. Lo que debe revelar un estudio concreto son las formas particulares en las que la dominación política de la gran burguesía se expresa bajo las condiciones específicas de cada potencia.

El punto de inflexión en la génesis de la forma política iraní contemporánea no fue directamente 1979, sino 1989. Así describe Smagin el nacimiento de esta estructura:

«Este modelo tan complejo fue fruto de la “reforma de Jamenei-Rafsanyani” en 1989 […].

[…] en 1989 el legendario ayatolá murió. Para entonces, los enemigos internos ya habían sido derrotados y reprimidos, y la guerra con Irak acababa de terminar en un “empate militar”: murieron al menos 500.000 personas y hasta un millón resultaron heridas […].

La pelea de bulldogs bajo la alfombra demostró que las personas más influyentes en el momento de la muerte de Jomeini eran dos: el presidente del Majlis (Parlamento), Alí Akbar Hashemí Rafsanyani, y el presidente del país, Alí Jamenei. Finalmente, ambos se repartieron el poder: Rafsanyani se convirtió en el siguiente presidente y Jamenei en el líder supremo (Rahbar). No menos importante es que estos dos también iniciaron la primera y hasta ahora única reforma constitucional en la historia de Irán. En particular, como resultado de esta reforma, se abolió el cargo de primer ministro y sus poderes fueron transferidos de facto al presidente del país.

[…] El presidente Rafsanyani se convirtió en el líder del movimiento reformista, que abogaba por la liberalización de la vida económica y la normalización de las relaciones con el mundo, incluido Occidente. […] En contraposición, en el polo opuesto del espectro político comenzó a formarse un bloque de conservadores que apelaban a los valores “duros” de la Revolución Islámica, incluyendo la retórica antioccidental y el estricto cumplimiento de las normas religiosas. Esta parte del espectro político iraní se consolidó en torno a Jamenei, aunque formalmente él intentaba demostrar que no apoyaba a ninguna de las fuerzas. El líder supremo prefiere, hasta el día de hoy, no pronunciarse a favor de uno u otro candidato en las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, las indirectas en sus discursos, así como los datos en los medios iraníes, no dejan lugar a dudas sobre de qué lado está Jamenei en el juego político interno.

En la lucha política, ambos movimientos tenían sus propias debilidades y ventajas. Los reformistas gozaban de mayor apoyo popular. Sus ideas de liberalización del sistema y apertura al mundo claramente encontraron eco en los votantes: tanto el Majlis como la presidencia quedaban más a menudo en sus manos. En 35 años, de 1989 a 2024, los políticos reformistas ocuparon el sillón presidencial durante 24 años. Pero del lado de los conservadores siempre hubo una abrumadora superioridad en las instituciones teocráticas de poder: al líder supremo (Rahbar) solo se le puede destituir por motivos de salud; en esencia, se le elige una vez y para siempre. Además, sus prerrogativas constitucionales lo convierten en la persona más poderosa de Irán. Nombra directamente a la mitad de los miembros del Consejo de Guardianes de la Constitución, el cual puede vetar cualquier proyecto de ley del Majlis y, además, decide a quién se le permite presentarse a las elecciones parlamentarias y presidenciales, y a quién no. Asimismo, las candidaturas de tres ministros clave deben consensuarse con el Rahbar: el ministro de Asuntos Exteriores, el de Defensa y el de Inteligencia, que controla los servicios secretos. Por último, a él se subordinan directamente los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), una formación militar de entre 300.000 y 400.000 efectivos que forma parte de las fuerzas armadas del país y cumple funciones de ejército y de servicios de inteligencia simultáneamente.

[…] Como resultado, las atribuciones y la influencia reales se determinan no tanto por lo que está escrito en el papel, sino por quién, entre los políticos y funcionarios, goza de mayor autoridad en cada momento».

De paso, notemos que esta organización del poder de la burguesía iraní, que se disfraza con los ropajes más variados, incluidos los religiosos, explica en parte por qué no funcionó la apuesta estadounidense-israelí de eliminar a los líderes de este régimen político. A un nivel más general, la relativa flexibilidad de este tipo de democracia como forma de dictadura del capital resolvía varias tareas típicas en la organización de la dominación burguesa:

  • La elaboración, a través de un proceso de lucha y negociación, de una línea general definida por la clase dominante frente al frente interno y externo.
  • La organización del apoyo de las masas a este régimen político. Esto se logra –aunque, por supuesto, no exclusivamente– creando la ilusión de poder elegir entre distintas corrientes, promesas electorales y escaparates de propaganda comicial.
  • La creación de una estructura lo más estable posible para hacer frente a otras fracciones de bandidos, tanto regionales como globales (como se señaló anteriormente).

La variante iraní del “Estado de bienestar”

Es evidente que cualquier forma política está llena de un contenido social y económico contradictorio y en constante movimiento, al cual debe dar expresión. No es difícil descubrir que también en Irán existen grandes familias burguesas, enclaves vacacionales donde esta élite despilfarra lo acumulado “con el sudor de su frente”; existe la llamada economía de los CGRI, que representa, según se dice, un 20 % o un 40 % de la economía nacional y en cuyas juntas directivas se sientan militares retirados; y existe también la economía del bazar de Oriente Medio, esto es, la pequeña burguesía iraní.

Pero aquí conviene detenerse en otro elemento del funcionamiento de este modelo socioeconómico, bien descrito en el libro de Smagin y típico del modelo socioeconómico de posguerra de las viejas potencias, hoy también en crisis. Se trata de lo que en Occidente recibió el nombre de Welfare State, o Estado de bienestar. En Europa, este sistema se consolidó durante el periodo de los “milagros económicos” de las décadas de 1950 y 1960, cuando se producían los turbulentos procesos de descomposición del campesinado, el éxodo rural hacia las ciudades y la proletarización. Las migajas caídas de la mesa del amo que alimentaban los sistemas de seguridad social estaban destinadas a suavizar la fricción que inevitablemente surgía durante estos procesos y, en parte, a sostener la demanda de productos en una economía en rápido crecimiento. En formas específicas, este fenómeno también fue característico de Irán.

Entre 1950 y 2015, el nivel de urbanización en Irán creció del 28% al 73%: en esencia, esto implica ritmos muy acelerados de desintegración del campo y de formación de las clases de la sociedad burguesa moderna, lo que no podía dejar de generar tensión social, exacerbar la lucha política y forzar la adaptación de las formas políticas.

Veamos cómo describe Smagin estos procesos:

«Las primeras manifestaciones sistémicas de la política social en Irán se remontan a los años de la guerra irano-iraquí (1980–1988). El agotador conflicto exigió la reestructuración de la economía sobre una base bélica, y los antiguos mecanismos de mercado para la distribución de productos dejaron de funcionar. Para evitar la hambruna, las autoridades recurrieron por primera vez a subsidios masivos para los alimentos: los precios estaban controlados por el Estado y los bienes se distribuían a la población de acuerdo con normas estrictas. De hecho, se trataba de cartillas de racionamiento con las que a cada persona solo se le vendía una cantidad determinada de productos. Luego la guerra terminó, la necesidad de racionamiento desapareció, pero los subsidios se mantuvieron. Ahora los iraníes podían obtener toda la gasolina o electricidad que quisieran a precios bajos.

En aquellos años también se manifestó otro rasgo de las nuevas autoridades. La República Islámica no buscó destruir las instituciones que existían bajo el sah, sino más bien ajustar su funcionamiento y complementarlas con otras nuevas. […] Las antiguas organizaciones e instituciones de asistencia social que operaban bajo el sah no fueron liquidadas, sino que aparecieron nuevas organizaciones dirigidas a trabajar con aquellos estratos de la población a los que el régimen anterior no prestaba suficiente atención. Es notable que la Fundación Pahlavi, que poseía importantes activos del sah y su familia, fuera rebautizada como la Fundación de los Oprimidos (“Bonyad-e Mostazafan”). Se convirtió en el feudo de los CGRI, transformándose en la mayor y más influyente de las fundaciones iraníes.

En el plano económico, los éxitos de la República Islámica en las primeras décadas fueron más que modestos. Las sanciones y el aislamiento internacional interrumpieron las rutas habituales de exportación de hidrocarburos, y la prolongada guerra con Irak devastó la economía. […] El país no alcanzó los niveles de los indicadores económicos prerrevolucionarios hasta principios de la década de 2000 […].

En contraste con la economía, la política social arrojó resultados nada desdeñables. Los islamistas abrieron a la gente común el camino hacia la educación y la medicina. La mortalidad infantil disminuyó rápidamente. Ya a principios de los años 90, Irán alcanzó en este indicador el nivel de los países desarrollados, superando notablemente las cifras medias de Oriente Medio, ¡y esto en medio de la guerra y la crisis económica! Los iraníes también viven más que sus vecinos de la región: a principios de la década de 2010, Irán, siendo aún un país en desarrollo, igualó en esperanza de vida a las naciones europeas. Las acciones del gobierno contribuyeron a ello: en 1995 se aprobó la ley de asistencia médica universal, que ofreció pólizas de seguro médico a todos los habitantes del país. Por primera vez, incluso los residentes de pueblos y aldeas remotas tuvieron acceso a servicios médicos básicos.

El progreso en comparación con la época del sah también fue evidente en la educación. Si en los años 70 estudiaban en las escuelas de Irán cerca de 5 millones de personas, a principios de la década de 2000 el número de escolares alcanzó casi los 20 millones. Entrar a la universidad se volvió mucho más fácil. La República Islámica también hizo mucho por la emancipación de la mujer. Antes de 1979, la tasa de alfabetización entre las jóvenes de 15 a 24 años en el país era del 42 %, muy inferior a la de Turquía (68 %). Sin embargo, para mediados de la década de 2000, este indicador en Irán ya había alcanzado casi el 97 %, un 3 % más que su vecino turco. Las mujeres también ingresaron masivamente a las universidades, superando el 50 % de la cuota de estudiantes.

Por primera vez en la historia de Irán, se comenzó a pagar regularmente un subsidio a los desempleados. Se incluyó a los trabajadores autónomos en el sistema de seguridad social. Finalmente, el sistema de subsidios y de ayuda a los estratos más vulnerables, en combinación con la normalización económica de las décadas de 1990 y 2000, logró revertir la situación de la pobreza. Este indicador había empeorado drásticamente durante los años de guerra y se mantuvo en un nivel del 30 % hasta 1995-1996. Sin embargo, posteriormente el número de personas pobres comenzó a reducirse, cayendo a tan solo un 5 % entre 2011 y 2013».

Este largo ciclo de desarrollo condujo a la formación de una sociedad capitalista moderna que incluye lo que la sociología burguesa denomina la “clase media”. En realidad, se trata de una amalgama social compuesta por diferentes clases y sus estratos, explotadores y explotados, a los que se mezcla en un mismo caldero basándose únicamente en sus niveles de ingresos y en la predominancia de hábitos burgueses. Sea como fuere, esta masa heterogénea comenzó a plantear al Estado exigencias cada vez más nuevas. El Estado, por su parte, es incapaz de responder a ellas bajo las condiciones de las sanciones y la degradación económica debido a la escasez de inversiones. Tal es el verdadero caldo de cultivo de las protestas iraníes.

La ilusión de la representación obrera y la lucha de fracciones de la burguesía

En el análisis de Smagin y de otros investigadores burgueses, a menudo se pasa por alto no solo al propio proletariado iraní, sino también la forma en que la clase dominante construye activamente mecanismos para subordinar el movimiento obrero a sus intereses de fracción. La burguesía iraní, a pesar de su fragmentación interna (que los politólogos reducen simplistamente a la lucha entre “reformistas” y “conservadores” o “principalistas”), posee un rico arsenal de medios para cooptar las protestas obreras y utilizarlas como ariete en sus guerras intestinas por el control de activos y de la influencia política.

Inmediatamente después de la revolución de 1979, cuando los consejos obreros independientes (shoras) fueron aplastados, el Estado creó un sucedáneo de estos: los Consejos Islámicos del Trabajo, así como la organización paraguas “Casa del Trabajador” (“Khaneh Kargar”). Estas estructuras solo protegen nominalmente los derechos de los trabajadores. En la práctica, su función es el control preventivo del entorno obrero y la integración de la clase obrera en el sistema corporativista estatal.

Es importante señalar que la dirección de la “Casa del Trabajador” ha estado históricamente estrechamente vinculada a la fracción de los llamados “pragmáticos” y “reformistas” (la línea de Rafsanyani y Jatamí). En los periodos en los que esta fracción se encontraba en la oposición frente a los conservadores de línea dura, los líderes de la “Casa del Trabajador” a menudo recurrían a la movilización de los trabajadores bajo su control para presionar a sus rivales políticos, organizando mítines autorizados bajo consignas de justicia social que, en realidad, servían únicamente como herramienta de negociación para obtener carteras ministeriales y preferencias económicas.

Por otro lado, el ala conservadora de la burguesía, apoyada en los CGRI y en las grandes fundaciones religiosas (bonyads), juega regularmente la carta de la “defensa de los oprimidos” (mostazafin). Desde la época de Ahmadineyad y hasta la presidencia de Raisi, los conservadores utilizaron activamente las huelgas de trabajadores en empresas privatizadas para asestar golpes a sus competidores.

Un claro ejemplo de ello es la lucha en la fábrica de azúcar Haft Tappeh o en la planta de maquinaria pesada Hepco. Cuando las empresas transferidas a manos de propietarios privados (a menudo vinculados al campo reformista) eran llevadas a la quiebra y los trabajadores pasaban meses sin cobrar su salario, los medios y políticos conservadores se convertían de repente en la “voz del proletariado”. Daban cobertura a estas huelgas y apoyaban las demandas de anular las privatizaciones, pero con un solo objetivo: arrebatar estos activos de las manos de sus competidores privados y devolverlos al control del Estado o de los fondos paraestatales vinculados a los CGRI. En cuanto se producía el cambio de propietario, la “solidaridad” de los conservadores se esfumaba, y cualquier intento de los obreros de seguir luchando por sus verdaderos derechos era brutalmente reprimido.

La fracción de los reformistas, a su vez, lleva décadas aprovechándose de las ilusiones democráticas de la intelectualidad y de una parte de la clase obrera. En vísperas de las elecciones, prometen flexibilizar la legislación laboral, legalizar los sindicatos independientes y ampliar las libertades civiles. Sin embargo, han sido precisamente los gabinetes reformistas (especialmente bajo el mandato de Rohaní) los responsables de las campañas más masivas de desregulación neoliberal del mercado laboral, incluyendo la expansión de la práctica de los “contratos en blanco” (contratos firmados por el trabajador sin especificar plazos ni montos salariales, donde el empleador puede escribir lo que le plazca) y la exclusión de millones de trabajadores de pequeñas empresas de la protección del código laboral.

Por muy agudas que sean las contradicciones entre las diversas agrupaciones de la burguesía iraní (ya sea la orientada al mercado interno o la que aspira a un pacto con el imperialismo occidental; la privada o la militar-estatal), todas demuestran una unidad de clase absoluta en un solo punto: no permitir la autoorganización del proletariado.

En cuanto una huelga traspasa los límites permitidos por una u otra fracción, y los trabajadores comienzan a formular reivindicaciones políticas o intentan formar organizaciones auténticamente independientes (como hicieron el sindicato de conductores de autobuses de Teherán, el consejo coordinador de profesores o el sindicato independiente de trabajadores de Haft Tappeh), la maquinaria estatal olvida sus discrepancias internas. Los líderes de la protesta obrera son sometidos a arrestos, torturas y largas condenas de prisión bajo cualquier presidente, ya sea conservador, “pragmático” o reformista.

De este modo, la burguesía iraní intenta constantemente convertir al movimiento obrero en un ejército de figurantes para sus ajustes de cuentas intraclase. La toma de conciencia de que ninguna de las fracciones de la clase dominante, ninguna de sus fachadas políticas, puede ser un aliado táctico del proletariado, constituye el primer y necesario paso hacia la independencia política de la clase obrera iraní ante las inminentes tempestades del nuevo reparto imperialista.

El sangriento nuevo reparto de Oriente Medio

En estos momentos, el imperialismo estadounidense, en alianza con su socio israelí, ha iniciado una operación militar contra Irán, sin ocultar que, en su intervención, cuenta claramente con el potencial de protesta de los iraníes. Al mismo tiempo, Trump no se ha molestado en ofrecer largas disquisiciones sobre la necesidad de defender los “valores democráticos” y demás palabrería ideológica, delegando la tarea de justificar la guerra bajo el pretexto de acabar con un régimen misántropo al coro de comentaristas liberales en los medios de comunicación.

Simplificando el panorama general, se puede afirmar que el depredador estadounidense, en relativo declive, intenta aprovechar la ventaja militar que aún conserva para poner bajo su control recursos económicos y rutas de tránsito clave, con el fin de negociar luego desde una posición de fuerza con sus competidores, en particular con el ascendente imperialismo chino. Ayer, este reparto de la región se llevaba a cabo mediante inversiones, acuerdos comerciales e iniciativas diplomáticas (los Acuerdos de Abraham; el acuerdo estratégico entre China e Irán de 2021, que prevé inversiones por valor de 400.000 millones de dólares en un plazo de 25 años, entre otros); hoy, prosigue mediante la intervención militar, desencadenando una impredecible cadena de consecuencias. Las inversiones, la diplomacia y la guerra no son medios opuestos o excluyentes en este reparto; las guerras imperialistas son la continuación de la política imperialista y de los intereses económicos de los mayores grupos monopolistas. Lo mismo hacen los bandidos regionales de menor tamaño, desde Israel hasta las monarquías del Golfo y Turquía. Ni el imperialismo europeo ni el ruso se quedan al margen, temerosos de salir perdiendo en la nueva redistribución.

En este drama hay una lección adicional de gran importancia. Los imitadores izquierdistas del marxismo podían soñar con que una invasión estadounidense, montada sobre sus bayonetas imperialistas, traería a la clase obrera iraní una democracia supuestamente progresista que, en el futuro, crearía condiciones más libres para que los trabajadores luchasen por sus intereses. Esto es o bien estupidez y candidez, o bien una franca traición y un juego a favor del enemigo de clase. Por otro lado, la burguesía iraní ha obtenido lógicamente un as en la manga en forma de “unidad nacional”, tratando de aglutinar al proletariado en torno a la bandera estatal y a la defensa de un régimen islámico que, hasta ayer mismo, era odiado por las propias masas.

En estas condiciones, la única posición marxista correcta para la clase obrera iraní es la táctica del derrotismo revolucionario. El proletariado no tiene patria en esta carnicería interimperialista. La tarea de los trabajadores no consiste en defender la “soberanía nacional” de la República Islámica burguesa frente a los misiles estadounidenses, ni en apoyar a los intervencionistas de Washington, sino en utilizar la crisis militar, que debilita el aparato estatal, para desatar la guerra de clases en la retaguardia. La consigna del momento es la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, volviendo las armas contra la burguesía nacional, la “propia”.

La emancipación de los trabajadores solo puede ser obra de los trabajadores mismos. Sin embargo, la experiencia de las huelgas iraníes, continuamente conducidas a un callejón sin salida por los reformistas o aplastadas por las bayonetas de los CGRI, demuestra lo siguiente: la mera protesta económica espontánea y la creación de sindicatos “independientes” no son suficientes. La lucha sindicalista mantiene al proletariado encadenado dentro del sistema de la esclavitud asalariada. Para escapar de la trampa tendida por las luchas de fracciones de la burguesía, es de vital importancia que los trabajadores de vanguardia de Irán forjen su propia arma política: un partido de vanguardia revolucionario. Solo una organización de revolucionarios profesionales, armada con la teoría marxista de vanguardia, es capaz de inyectar una genuina conciencia de clase e internacionalista en el movimiento obrero espontáneo, uniendo las huelgas dispersas en un frente político unificado.

Esta lucha política debe tener una perspectiva revolucionaria nítida. El objetivo del proletariado no puede ser la “democratización” del régimen, la sustitución del Rahbar por un presidente liberal ni la creación de un “verdadero” “Estado de bienestar”. La tarea histórica radica en la destrucción total, en la liquidación física de la maquinaria estatal burguesa, con todos sus majlis electos y sus consejos no electos, sus fundaciones religiosas y su Cuerpo de la Guardia. Sobre las ruinas de la dictadura del capital, la clase obrera iraní, apoyándose en los consejos obreros (shoras) renacidos, y en alianza con los demás destacamentos del proletariado mundial, debe instaurar su propia dictadura: la dictadura del proletariado. Hoy, no nos hallamos sino al comienzo de este arduo camino. Pero es precisamente la recuperación de este programa revolucionario cristalino, desechado por los oportunistas, la condición primordial para las futuras batallas de clases, cuya máxima expresión será la fundación de una nueva Internacional Comunista.

Marzo de 2026.

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