El grupo “Prometeo Comunista” no se considera un «partido comunista mundial ni siquiera su único embrione» y ve su propia actividad «como una parte del movimiento práctico hacia el comunismo, como una lucha por la creación de este partido». Partiendo de este presupuesto, consideramos fundamental intercambiar experiencias y mantener discusiones con otras organizaciones comunistas internacionalistas. “El esquema de programa del Partido Comunista Internacionalista” y la correspondiente introducción al mismo, escrita expresamente por los camaradas de Battaglia Comunista, constituyen la primera de una serie de publicaciones de documentos, artículos y materiales de otras organizaciones comunistas. Consideramos el estudio profundo de estos textos como parte integrante del patrimonio teórico del marxismo y un elemento crucial en la formación de la conciencia de clase del proletariado mundial.
Introducción al “Esquema de programa” del Partido Comunista Internacionalista
Para comprender el contexto en el que nació el “Esquema de programa” del Partido Comunista Internacionalista, redactado y hecho público (dentro de los límites de la forzada clandestinidad) en 1944, pensamos que es útil trazar una breve historia de la “Izquierda italiana” desde la Primera Guerra Mundial hasta la segunda posguerra, cuando los contrastes entre las diversas “almas” desembocaron en la escisión de 1952. La ruptura supuso una contribución notable al debilitamiento progresivo de las fuerzas internacionalistas, en Italia y más allá.
Breve historia internacionalista de la izquierda comunista italiana
«Nosotros, del Partido Comunista Internacionalista —sección italiana del Buró Internacional para el Partido Revolucionario [hoy Tendencia Comunista Internacionalista, TCI, ndr]— venimos directamente de la izquierda comunista italiana y hemos dado los pasos necesarios hacia adelante, afrontando las dinámicas reales del capitalismo y la naturaleza actual del imperialismo (que, recuerdo, no es solo una política). Según nosotros, los demás que provienen de la tradición de la izquierda comunista italiana o bien han abandonado su terreno metodológico general —y este es el caso de la CCI— o —como los bordiguistas— se han quedado estancados (¿invariantes?) en las posiciones de 1921-22, situándose fuera del desarrollo de las perspectivas revolucionarias respecto al capitalismo actual» (Mauro Stefanini, en un correo electrónico a un contacto, a principios de la década de 2000).
El término “izquierda comunista” hoy crea un poco de confusión. Los grupos que se adhieren a la TCI no usan el término con frecuencia. Preferimos que nos llamen “internacionalistas”. También intentamos no usar, o no usar a menudo, el término “izquierda italiana”, que de igual forma puede crear mucha confusión. En la tradición de la “izquierda italiana” hay tres componentes: el Partido Comunista Internacionalista (Battaglia Comunista, el grupo fundador, con la CWO, del futuro IBRP y luego TCI), la Izquierda comunista francesa, precursora de la CCI, y los bordiguistas, hoy representados por muchos grupos que no pueden enumerarse fácilmente, pero cuya cepa original es la de Programma Comunista; los grupos bordiguistas suelen tomar el nombre de “Partido Comunista Internacional”. Luego hay otra agrupación, cuyos orígenes están en la CCI, de la cual, sin embargo, se separó o, mejor dicho, fue expulsada a principios de la década de 2000: el Groupe International de la Gauche Communiste.
Para nosotros, una de las mayores confusiones es que, cuando decimos que pertenecemos a la tradición de la izquierda comunista italiana, a menudo se nos identifica con Bordiga y el bordiguismo.
La izquierda italiana ha vivido dos períodos en los que sus ideas han tenido un gran número de seguidores: los años 1919-24 y, en menor medida, los años 1943-49.
El Partido Comunista de Italia
A partir de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Rusa, el gran problema en Italia fue el de la creación de un partido comunista que pudiera afiliarse a la Tercera Internacional, instituida en 1919. El problema al que se enfrentaba la izquierda era la confusión difundida deliberadamente por el PSI, bajo la dirección de Serrati, que mantenía abierta la posibilidad de afiliarse a la Tercera Internacional, sin llegar a hacerlo realmente. Además, el PSI había mantenido una posición ambigua expresada en la fórmula «ni adherirse, ni sabotear» respecto a la guerra, en la que Italia no participó hasta mayo de 1915. De esta manera, lograba enturbiar aún más las aguas.
En aquel período (1919-20), Italia lidiaba con convulsiones políticas, con los trabajadores ocupando las fábricas y yendo a la huelga por miles; este es el período definido como el “Bienio Rojo”. Pero no había ningún partido de clase que pudiera guiar estas luchas en el asalto contra el Estado. Los trabajadores se quedaron encerrados en las fábricas y la clase dirigente solo tuvo que esperar hasta el agotamiento del propio movimiento. En ese momento los “intransigentes”, como se llamaba entonces a los camaradas de la izquierda, lograron llevar a cabo la ruptura con los socialistas y fundar el Partido Comunista de Italia, en Livorno en 1921; pero el movimiento ascendente de la lucha de clases ya había terminado y la burguesía ya estaba virando hacia el fascismo.
El partido recién fundado había sido creado por la izquierda, y su líder más destacado era el joven Amadeo Bordiga. Bordiga tenía una tendencia al formalismo, incluso entonces, y uno de sus errores fue llamar a su fracción “la fracción abstencionista”, cuando en realidad debería haberse llamado fracción comunista. El resultado fue que muchos comunistas, que pensaban que el parlamento debía utilizarse como tribuna para obtener publicidad (pero sin verlo como un camino para la conquista del poder), dudaron en afiliarse, y esto conllevó no solo a que el tamaño del partido fuera numéricamente inferior al que debería haber tenido, sino también a que el partido apareciera más tarde de lo que debería. La idea táctica de Bordiga, en la base de la elección del nombre “abstencionista”, era que el viejo partido socialista se había vuelto corrupto y reformista porque sus miembros habían obtenido privilegios parlamentarios, y esta era su manera de mantener alejados a los reformistas. Añadió más confusión el hecho de que Bordiga fuera al Segundo Congreso de la Comintern e insistiera en añadir la 21ª condición, a saber, que todas las decisiones de la Comintern fueran vinculantes para todos los partidos comunistas. Esto significaba que había vinculado al Partido Italiano al trabajo en el parlamento y en los sindicatos, algo que algunos consideraban un paso atrás. Pero Bordiga había sido coherente al insistir en que la fundación de la sección italiana de la Internacional tenía prioridad sobre todo lo demás. Esto explica por qué una de las críticas de Bordiga a los camaradas del KAPD, la izquierda comunista alemana, era que estos elevaban cuestiones que consideraban tácticas hasta convertirlas en cuestiones de principios, anteponiéndolas a la unidad de la acción comunista. Les escribió subrayando que “como marxista soy, ante todo, centralista, y solo después abstencionista”.
En Italia, mientras tanto, la situación era cada vez más desesperada para la clase obrera, dado que se había perdido el impulso revolucionario. Ahora seguía un período de reacción. Al mismo tiempo, la Comintern estaba en visible declive. En su cuarto Congreso, en 1922 (pero enlazando con el tercer congreso de 1921), había decidido adoptar la forma de los “frentes únicos” con esos mismos partidos socialistas que habían apoyado la guerra imperialista y que habían ralentizado gravemente el proceso de fundación de los partidos comunistas. Para la izquierda comunista, la adopción del frente único marca un punto de inflexión en la historia de la clase obrera. Es uno de los factores que hoy nos distinguen de todas las corrientes trotskistas.
En Italia la izquierda, que aún controlaba el partido, propuso la idea de proclamar un “fronte único desde abajo” y también intentó convencer a los demás partidos de la Internacional para que adoptaran esta interpretación. La idea era que los comunistas colaborarían con los trabajadores socialistas a nivel de fábrica, pero no con sus partidos. Sin embargo, incluso esto fue demasiado para el Comité Ejecutivo de la Comintern que, cuando Bordiga fue arrestado por el gobierno fascista en 1923, tuvo la oportunidad de instalar a Gramsci como secretario del partido. Gramsci siempre había reconocido a Bordiga como el verdadero líder del partido, pero Moscú prevaleció sobre él en la sustitución del líder más conocido. Bajo su mandato, el partido fue “bolchevizado” y la izquierda fue gradualmente apartada del poder.
Bordiga no se opuso activamente a este proceso, dado que reconocía la autoridad central del CE de la Comintern. Pero no ocultó su oposición al nuevo rumbo que estaban tomando el partido y la Internacional. Esto le llevó a apoyar —aunque sin mucho entusiasmo y solo en un segundo momento— los esfuerzos de los camaradas del Comité de Entente (Comitato di Intesa) que habían redactado una crítica a la degeneración del partido. Entre los firmantes se encontraban Onorato Damen y Francesca Grossi (Cecca), que posteriormente se convertiría en su esposa. Los mismos estarían más tarde entre los fundadores de nuestra sección italiana, el Partido Comunista Internacionalista. El Comité de Entente sostenía que:
«Es un error considerar que en cualquier situación se puede, con expedientes y maniobras, ampliar la base del partido entre las masas, ya que las relaciones entre el partido y las masas dependen en gran medida de las condiciones objetivas de la situación» (Plataforma del Comité de Entente, leftcom.org).
El CE de la Comintern exigió la expulsión de todos los que habían apoyado al Comité. Sus miembros fueron despojados de todos sus cargos por Gramsci, pero la izquierda continuó luchando políticamente contra la degeneración del partido. La culminación se produjo en 1926, en dos acontecimientos que resumen esta lucha: el último discurso de Bordiga ante la Internacional Comunista y el Congreso de Lyon del PCd’I. En el primero, Bordiga denunció a Stalin, el abandono del internacionalismo por parte de la revolución rusa y el trato a Trotsky. Se dice que Stalin respondió “Que Dios os perdone”. Pero el PCd’I ciertamente no lo perdonó. En el Congreso de Lyon, Gramsci les dijo a todos los funcionarios del partido que habían apoyado a la izquierda que, si no votaban por su tesis, perderían sus posiciones en el partido y sus salarios (que es una de las razones por las que nuestros camaradas desde entonces siempre se han opuesto a la idea de los “revolucionarios profesionales”). Ante estas presiones, muchos se retractaron, dejando así a la izquierda más aislada. Llegados a ese punto, la izquierda fue expulsada del partido y algunos se exiliaron en Francia y Bélgica. Damen nunca se exilió. En cambio, tuvo que enfrentarse varias veces al arresto y a la prisión, tanto durante la guerra civil española como durante la Segunda Guerra Mundial. Bordiga también se quedó en Italia, pero se retiró a la vida privada y se dedicó al ejercicio de su profesión de ingeniero en Nápoles. No jugó ningún otro papel en la vida política hasta 1945.
La Fracción de Izquierda del Partido Comunista de Italia
La izquierda italiana emergió como tal durante la década de 1930, en particular en Francia, donde en 1928 (en Pantin) se constituyó la Fracción de Izquierda del Partido Comunista de Italia. La fracción publicaba Prometeo (originalmente la revista revolucionaria de la sección de Nápoles del partido, la de Bordiga) y luego Bilan.
La fracción no era un cuerpo homogéneo, no podría haberlo sido.
Nuestros camaradas se encontraban en medio del proceso contrarrevolucionario. El problema era comprender sus razones, su naturaleza y demás. La Guerra de España dividió a la Fracción. Algunos camaradas pensaron que podían ir a España y participar en la guerra del lado de los republicanos, con la esperanza de poder llevarla al terreno de una verdadera lucha comunista. Incluso los que se oponían fueron a España, para intentar reconducir a los demás a posiciones comunistas. Al final, los camaradas que entraron en las milicias comprendieron pronto, a su costa, que no era posible ganar a los trabajadores para el comunismo en lo que se había convertido en una guerra imperialista. El principal logro fue que los camaradas de Bilan reconocieron que la guerra antifascista era el preludio del alistamiento de la clase obrera en apoyo del imperialismo, de una forma u otra.
Sin embargo, existían al menos dos tendencias dentro del grupo de Bilan. Por ejemplo, mientras una parte negaba la posibilidad de caracterizar de manera decisiva la naturaleza de la URSS, otra afirmaba que la política contrarrevolucionaria de un partido y de un Estado era el producto de un desarrollo social y político contrarrevolucionario, en el que el Estado ya no era un semi-Estado proletario (Lenin, “El Estado y la Revolución”) y el partido había cruzado la línea de clase, sustituyendo por sí mismo a la vieja y tradicional burguesía (capitalismo de Estado). Pero Bilan no estaba claro en muchas cuestiones, una de las cuales era el Estado en el período de transición. Otra era el análisis de las contradicciones económicas del capitalismo, donde el texto de Mitchell (uno de los camaradas belgas más destacados) veía en las teorías del luxemburguismo tardío la única explicación real de las crisis capitalistas. Estos errores condujeron a la desastrosa subestimación de la naturaleza de la crisis en 1939. Creyendo (a partir del capítulo 18 de “La acumulación del capital” de Rosa Luxemburgo) que la producción de armas permitiría al capitalismo salir de la Gran Depresión, pensaban que el capitalismo podría evitar otra guerra imperialista. La fracción abandonó Bilan y la sustituyó por Octobre, que solo publicó media docena de números en los últimos meses antes de la guerra. Vercesi (es decir, Ottorino Perrone, el exponente más conocido de la Fracción) sostenía que la clase obrera no había sido derrotada y que la revolución aún era posible. No es de extrañar que la Fracción de izquierda en el exilio se desmoronara al estallar la Segunda Guerra Imperialista. Aquella fue sin duda la medianoche en el siglo para la clase obrera. Algunos de la Fracción serían asesinados por Stalin y otros por Hitler, pero en el brutal, aunque más desorganizado Estado fascista en Italia, la izquierda continuaría sobreviviendo incluso en el confinamiento, en prisión y bajo arresto domiciliario.1
La Fundación del Partido Comunista Internacionalista
El Partido Comunista Internacionalista nació durante 1942, aunque apareció “oficialmente” en la escena política en el otoño de 1943, con el primer número de Prometeo, naturalmente clandestino. Los camaradas que dieron vida al partido se concentraban sobre todo entre Piamonte y Lombardía, es decir, en el corazón de la clase obrera italiana. Provenían, en general, de una larga militancia en las filas de la “Izquierda italiana”, la que había dado origen al Partido Comunista de Italia en 1921, y aunque desde entonces se les etiquetaba como bordiguistas, es un apelativo un tanto impropio, si bien Bordiga aportó una contribución teórico-política de primer orden a la propia “Izquierda”. Por lo general, los internacionalistas habían conocido las cárceles y la precaria vida del exilio, de donde trajeron de vuelta, tras la caída de Mussolini el 25 de julio de 1943, la experiencia política de la Fracción. Incluso antes, muchos de esos camaradas habían combatido en sus inicios la contrarrevolución estalinista, lucha que culminó con el Comité de Entente (1925), del cual, no por casualidad, Onorato Damen había sido uno de los principales animadores, a pesar, como se ha dicho, de las resistencias de Bordiga, a quien, sin embargo, debe atribuirse la mayor parte de los documentos políticos producidos por el propio Comité.
El nacimiento del partido se produjo en un momento en el que la clase obrera rompía, con huelgas masivas, el clima de paz social impuesto por veinte años de fascismo y reforzado por la guerra en curso, cuestionando objetivamente la propia guerra y el capitalismo que la había generado. Las huelgas, que comenzaron en Turín —la ciudad “más obrera de Italia”— se extendieron después a Milán y al resto del norte. Huelga decir que Prometeo no solo apoyó con entusiasmo las huelgas, sino que participó activamente en ellas con sus militantes.
El partido se desarrollaba, entre enormes dificultades, cuando el PCI (Partido Comunista Italiano) concluía de manera oficial, por así decirlo, su trayectoria degenerativa, apoyando la vertiente “Aliada” de la guerra imperialista, participando en la constitución del Comité de Liberación Nacional (CLN) y apoyando al gobierno de Badoglio, fusilador de obreros, masacrador de humanidad inerme en las guerras africanas y en los Balcanes, por citar solo a las víctimas civiles de una larga carrera al servicio de la burguesía.
Las posiciones políticas de la organización, contenidas en el “Esquema de programa” de 1944, aunque en algunos aspectos, como el sindical, aún estaban “en desarrollo”, en su conjunto sentaron con claridad las piedras angulares sobre las que hacer crecer la organización revolucionaria: ciertas cuestiones que habían atormentado la vida de la Fracción, como la naturaleza social de la URSS, habían sido resueltas por los camaradas que habían permanecido en Italia desde hacía mucho tiempo. La Unión Soviética fue definida por lo que era, un régimen de capitalismo de Estado, y el partido “comunista” como la longa manus de dicho régimen, orientado a dirigir al proletariado hacia el apoyo de uno de los frentes imperialistas durante la guerra y la reconstrucción burguesa posterior. Finalmente, se daba por sentado que el sindicato, en ese momento ausente por la fuerza de las circunstancias, con el fin del conflicto sería un poderoso instrumento en manos de la socialdemocracia y el estalinismo. El “Esquema de programa”, aun siendo un documento “provisional”, era más avanzado —desde el punto de vista del encuadre revolucionario de los problemas— que la “Plataforma” de 1945, redactada por Bordiga, quien no estaba ni estaría nunca afiliado al partido. Las zonas de sombra, los pasos atrás teórico-políticos, las primeras señales de una involución en sentido mecanicista-idealista de Bordiga, asumirían una fuerza destructiva a lo largo de los años hasta la ruptura de 1952. El hecho es que la “Plataforma” se había concebido más como una contribución al futuro debate congresual que como el carnet de identidad acabado del partido; contenía ya in nuce elementos que, desarrollados posteriormente, darían vida al área del bordiguismo. Muchos años después, puntualizamos nuevamente lo que era, para el Partido Comunista Internacionalista, la “Plataforma” de 1945: «En 1945 el C.C. [Comité Central, N.d.R.] recibió un proyecto de Plataforma política por parte del camarada Bordiga que, lo subrayamos, no estaba inscrito en el Partido.
El documento, presentado en términos ultimativos para su aceptación, fue considerado incompatible con las firmes tomas de posición adoptadas ya por el partido sobre los problemas más graves y, a pesar de las modificaciones aportadas, el documento siempre se ha considerado como una contribución al debate, no como una plataforma de facto» (Introducción a nuestro Cuaderno “Documentos de la Izquierda Italiana”, publicado a principios de los años 70 del siglo pasado, que contiene el Esquema de Programa y la Plataforma de 1945).
Volviendo al “Esquema”, era más que suficiente para orientar al partido en la complicadísima situación de la guerra, tanto respecto a los alineamientos político-militares sobre el terreno como, sobre todo, ante el fenómeno del partidismo, nutrido en gran parte por generosas fuerzas proletarias, por lo general sinceramente dispuestas a combatir el capitalismo luchando contra el nazifascismo, pero completamente subordinadas a la ideología y a la dirección política del CLN. Su tarea era mantener bloqueadas en el terreno del antifascismo burgués a esas fuerzas, desviando y apagando su potencial anticapitalista en el terreno de la guerra imperialista, alineándolas en apoyo de uno de los frentes beligerantes. El partido, por tanto, al tiempo que denunciaba la política del CLN como un trágico engaño antiproletario —dirigida a dar un traje nuevo y democrático al capitalismo de posguerra—, se esforzaba, dentro de los estrechísimos límites operativos que se le permitían, por aportar claridad política entre las fuerzas partisanas, señalando puntualmente los límites del movimiento antifascista que se había desarrollado, para desplazarlas al terreno de clase, para unificarlas con el cuerpo central del proletariado que había permanecido en los lugares de trabajo: esta, y no la guerrilla, era la base de la que partir para derrocar el capitalismo. Dicho sea de paso, el partido no caía en el abstraccionismo, sabía muy bien que muchos proletarios se habían echado al monte para escapar de las persecuciones, para desertar de la guerra y que no habrían podido volver tranquilamente a casa: por esto, la indicación política, y militar, que se daba era la de atrincherarse para defenderse a sí mismos y a sus familias, si era necesario, y de custodiar la experiencia y las armas para ponerlas a disposición de la clase en la ya inminente posguerra. Ni con Kesselring [comandante supremo del ejército alemán en Italia, ndr] ni con Alexander [comandante en jefe de las fuerzas angloamericanas en Italia, ndr]: ni con el ahorcador de partisanos, el masacrador de pueblos inermes bajo el emblema de la cruz gamada, pero tampoco con el representante del no menos feroz imperialismo británico, que invitaba a los partisanos, en el duro invierno del 44, a volver a casa como si eso no equivaliera a una condena a muerte.
Las mentiras, dictadas por una crasa ignorancia o por mala fe interesada, sobre el papel de los camaradas durante la Segunda Guerra Mundial, nos han acompañado desde 1944, cuando el PCI señalaba a nuestros camaradas como agentes de la Gestapo e invitaba a los partisanos a tratarnos como tales. En al menos dos ocasiones la instigación al asesinato tuvo consecuencias fatales: con Fausto Atti, en la zona de Bolonia, y Mario Acquaviva en la zona de Asti.
La nuestra, por tanto, no era una actitud de indiferentismo —quizás teñida de cobardía, como a algunos les gustaba insinuar—, sino la única actitud coherentemente comunista ante la guerra. Ningún otro, ni siquiera los anarquistas, asumió un punto de vista tan netamente clasista.2
En cualquier caso, nadie se hacía ilusiones sobre las posibilidades de que las posiciones políticas del partido arraigaran en la clase durante la fase terminal del fascismo y sobre la apertura de una recuperación revolucionaria en la posguerra, pero se preveía (y se esperaba) que el luto, la miseria y el descalabro económico abrirían espacios de intervención y de arraigo del partido. Contrariamente a lo que afirman algunas reconstrucciones históricas, el escenario que los “libertadores” angloamericanos abrirían fue captado en sus líneas generales:
«Esto es de todos modos seguro: que la victoria, una victoria aplastante de las potencias de la Entente [los Aliados, N.d.R.] reforzará enormemente el frente de resistencia del capitalismo mundial y restringirá las posibilidades objetivas de la revolución proletaria. La prueba de la exactitud de este análisis se encuentra en la constatación de que una parte del proletariado “siente” la guerra democrática y mira hacia ella y hacia su victoriosa conclusión como si se tratase de “su” guerra y de “su” victoria»3.
Esta valoración se vería, por desgracia, confirmada por los hechos y reiterada en repetidas ocasiones en los años inmediatamente posteriores al final del conflicto, en la prensa y en los “momentos” más altos del partido, como la conferencia de Turín de 1945 y el congreso de Florencia de 1948. De hecho, si alguna vez hubo algún camarada que esperaba la aparición de una fase revolucionaria, en la que el partido hubiera podido ejercer su papel de guía, habría que buscarlo entre aquellos que, decepcionados por el modo en que se pondrían las cosas, poco después teorizarían el “no hay nada que hacer” y, por tanto, la eliminación del partido en cuanto instrumento político ineludible de la lucha de clases y su conversión en un núcleo de “pensadores” y de “restauradores” del marxismo. Esta actitud es una constante en la historia del movimiento obrero: la derrota saca a la luz y exaspera los puntos débiles de la teoría, sobre todo si es el marco general de la misma el que tiene bases inestables. La referencia es, obviamente, a Vercesi, exponente de primer plano de la Fracción y luego entre los principales vehículos —dentro de la organización— de las dudas, de lo “no dicho”, de los replanteamientos teóricos, en esencia, de la oposición de Bordiga a la existencia del partido, que llevaron a la ruptura de 1952. Si en la conferencia de Turín de 1945 las divergencias sobre cuestiones concretas —como la sindical— eran tales que entraban dentro de la dialéctica normal de una organización revolucionaria e incluso la hacían crecer teórica y políticamente, en Florencia, en 19484, se respiraba ya un clima diferente: los camaradas tendrían que luchar contra las tendencias liquidacionistas de Vercesi y sus volteretas respecto a la cuestión sindical, típicas del futuro bordiguismo. Tendencias que, por desgracia, encontrarían su desembocadura en la escisión de 1952.5
Marzo de 2026
Esquema de Programa del Partido Comunista Internacionalista
El presente borrador de programa se basa en el programa básico que constituyen las Tesis de Roma, elaboradas y aprobadas en el II Congreso del Partido Comunista de Italia (1922)
I. Situación y perspectiva
La guerra, en esta convulsa y feroz fase final, muestra, junto al declive del poder alemán, la victoriosa afirmación de las armas aliadas con una clara ventaja militar y política de los Estados Unidos y de Rusia. Se perfila así la perspectiva de una paz democrática que asegure, sobre todo a los Estados Unidos, una indiscutible hegemonía económico-financiera sobre el mundo. Esto podría significar no solo una guerra ganada, sino una paz victoriosa, es decir, una consolidación del capitalismo que habría logrado así cortar una vez más el paso al proletariado, el cual, en la crisis abierta por la guerra, había planteado la posibilidad de éxito de un movimiento revolucionario. La validez de tal hipótesis, puesto que la guerra sigue en marcha y en ella aún puede jugar lo imponderable, podría no ser confirmada plenamente por los próximos eventos, pero, en el estado actual de la crisis y con los elementos disponibles, nada hace presagiar que eso vaya a suceder. Esto, sin embargo, es seguro: que la aplastante victoria de las potencias de la Entente reforzará poderosamente el frente de resistencia del capitalismo mundial y restringirá las posibilidades objetivas de la revolución proletaria. Tenemos la comprobación de la exactitud de este análisis al constatar que una parte del proletariado “siente” la guerra democrática y la mira a ella y a su victoriosa conclusión como si se tratara de “su” guerra y de “su” victoria.
La responsabilidad histórica de esta trágica desviación de la justa línea de clase recae en los partidos socialista y centrista, que han actuado y actúan frente a la guerra no como fuerzas de derecha del proletariado, sino como reales y conscientes fuerzas de la izquierda burguesa.
II. Fascismo y Democracia
El fascismo como exigencia de la sociedad burguesa y expresión orgánica de la defensa del privilegio en el plano del Estado autoritario en la fase más aguda de la crisis capitalista, es ya un episodio que interesa mucho más de cerca a los sepultureros que a la política y la historia. Pero debe constatarse que el fascismo no muere por efecto de una lucha frontal violenta llevada a cabo por el proletariado, es decir, no es barrido por una ola revolucionaria; esto significa que hay un traspaso pacífico de poder de un plano político a otro más adecuado a las nuevas necesidades surgidas de la guerra, y que las exigencias del Estado autoritario, tal como lo hemos conocido y experimentado —y que siguen siendo vivas y consistentes, como vivo y consistente es todo el capitalismo del que tales exigencias se originan—, estarán en la base del Estado democrático, las mismas, con el añadido de la hipocresía y el engaño de las libertades, reservadas de hecho a quienes ostentan el poder.
Por lo tanto, resulta evidente que los términos del conflicto social no se han modificado en lo más mínimo y, sean cuales sean las fuerzas al timón del Estado, para nuestro partido defienden los intereses del capitalismo con todos los medios, los mismos utilizados por el fascismo, contra cualquier intento proletario de apoderarse del poder.
Contra el Estado democrático, la táctica del partido del proletariado no cambia: no creemos en sus elecciones ni en su constituyente, ni en su libertad de prensa, de palabra y de organización; pero el partido se valdrá de ella, como de toda concesión a la que la burguesía se vea obligada, con el único fin de fortalecerse y de estar en condiciones de golpear duro. En la actualidad, la guerra ha postrado al fascismo, pero no dejará de postrar políticamente a los partidos de tradición proletaria del Comité de Liberación Nacional, que, ligados a las fuerzas victoriosas de la guerra a las que deben sus momentáneas fortunas políticas, se ven hoy obligados a continuarla. Nuestro partido, al igual que ha estado solo al combatir la guerra del imperialismo nazifascista, estará solo al combatir la de las democracias.
III. Nuestro Partido y Rusia
Rusia ha dejado de ser para nuestro partido el país de la primera gran realización revolucionaria del proletariado mundial, y sigue siendo una página abierta a la investigación crítica del marxismo revolucionario, al cual se le confía hoy la tarea de identificar y poner al desnudo las razones históricas de orden económico y político que han estado en la base de la derrota del poder proletario en Rusia, y que han operado como elemento determinante en la disolución de las fuerzas políticas de la Internacional Comunista. Desde la violenta represión operada contra los auténticos revolucionarios de Kronstadt hasta la liquidación física de todas las oposiciones a la política nacionalista de Stalin, es evidente en el Estado obrero un aumento constante de este curioso y paradójico equívoco: todos operan allí para armar a la revolución contra cualquier veleidad de retorno del capitalismo, y todos, revolucionarios o no, han contribuido de hecho a armar a las milicias de la más despiadada reacción antiproletaria que debía estrangular a la revolución de Octubre y, con ella, a sus mejores combatientes. Para los marxistas, las causas de esto no deben buscarse en el cielo ni residen en la perversidad de algunos hombres, sino que vivían en las cosas del Estado proletario, alimentadas por la política de compromiso llevada por la economía al plano de la misma ideología imperante en la época de Lenin y de Trotsky.
En virtud de la experiencia rusa, se ha adquirido ya para la lucha del proletariado que la violencia revolucionaria es históricamente necesaria y vital solo si es ejercida por fuerzas de clase por cuyas venas circule sangre proletaria, y cuya finalidad no sea la solución de intereses genéricos, subjetivos y contingentes, aunque estén ligados a la vida de un Estado proletario, sino que esté impulsada por exigencias permanentes y fundamentales de clase, ante las cuales el Estado es solo un episodio y un simple y temporal accidente. En caso contrario, la violencia deja de ser la partera de la historia y allana el camino a los retornos de la reacción.
El partido considera que, desde la represión de Kronstadt hasta la liquidación del Partido Comunista, la violencia del Estado obrero degenerado ha sido la expresión de una voluntad directiva y de intereses económicos y políticos que ya no coinciden con la lucha del proletariado. Así, será menos difícil mañana para los partidos de la nueva Internacional definir los términos, en el plano teórico y táctico, de la política contra el compromiso.
Como conclusión afirmamos:
La dictadura del proletariado no debe en ningún caso reducirse a la dictadura de partido, incluso si se tratara del partido del proletariado, inteligencia y guía del Estado obrero.
El Estado y el Partido en el poder, en cuanto órganos de tal dictadura, llevan en germen la tendencia al compromiso con el viejo mundo, tendencia que se sustancia y se potencia, como la experiencia rusa ha enseñado, en la incapacidad temporal de la revolución en un país dado para irradiarse, uniéndose al movimiento insurreccional de otros países.
En una fase, pues, de política contemporizadora impuesta por la gradualidad del desarrollo revolucionario, los intereses de la revolución se garantizan con la presencia operante del proletariato —sobre todo de sus fuerzas más conscientes— en los órganos esenciales de la dictadura, con los cargos electivos, con el derecho de destitución de los cargos, con el libre ejercicio del sindicato obrero en tutela de los propios intereses de clase frente al Estado y a todas las estratificaciones económicas aún no socialistas: en una palabra, con el más amplio ejercicio de la democracia obrera. Si en esta fase de la dictadura de clase es anacrónica la libre existencia de los partidos, deberá sin embargo ser libre la obra de crítica y de oposición en el ámbito del partido de la dictadura. El ejercicio de la más vasta democracia en las relaciones entre el proletariado y el partido, entre el proletariado y el Estado obrero, presupone un altísimo grado de madurez política alcanzada por el proletariado y la existencia de condiciones objetivamente suficientes para tal ejercicio en todo sector económico y social del Estado obrero.
Es implícito que es tarea del partido que ejerce la dictadura elevar tales estratificaciones atrasadas hasta el nivel de los intereses revolucionarios de clase, a través de los medios y métodos que admite la propia democracia obrera, como el libre debate, la libre expresión en las asambleas, etc.
El Estado —supervivencia burguesa de la cual el proletariado no puede dejar de servirse para eliminar los residuos de una sociedad dividida en clases, pero de la que debe apresurar su disolución— tiende tanto más a sobrevivir y a reforzarse, en lugar de languidecer, cuanto más se aísla del movimiento del proletariado internacional, pretendiendo construir en su propio ámbito el socialismo, y contraponerse como Estado obrero a los Estados burgueses en la arena mundial.
IV. La Nueva Internacional
La vastedad y duración del conflicto, la profundidad y dureza de los choques ideológicos, la experiencia negativa del primer Estado proletario y de su Internacional, deben haber determinado las condiciones favorables para la creación y el fortalecimiento de organizaciones comunistas en los distintos países, que aguardan la hora de poder reunirse para sentar las bases de la nueva Internacional. Esta deberá tener en cuenta, sobre todo, sus experiencias negativas, para convertirse de hecho en el órgano de la revolución mundial comunista. Nuestro partido —que en estas últimas décadas ha sentido más que ningún otro la carencia de un órgano directivo internacional que fuera realmente guía e incentivo para la lucha del proletariado; que ha denunciado valientemente sus insuficiencias, errores, desviaciones y, finalmente, su traición; y que no ha dejado escapar ocasión para reanudar contactos entre las fuerzas de la izquierda internacional— sabrá tomar la iniciativa en el momento oportuno. Está ideológicamente preparado para esta tarea de reanudación y afirma desde hoy que la nueva Internacional:
a) deberá evitar convertirse en el instrumento del Estado obrero y de su política, sino que, considerándose la más alta asamblea de los trabajadores del mundo, deberá defender los intereses de la revolución incluso frente al Estado obrero;
b) deberá evitar burocratizarse, haciendo de su centro directivo, así como de los centros periféricos, el campo de maniobra del arribismo de los funcionarios;
c) deberá evitar que la política de clase sea pensada y realizada con criterios formalistas y administrativos.
El peligro de incrustaciones oportunistas y de autoritarismo funcionarial podrá ser neutralizado a tiempo y eliminado solamente por una activa participación de los órganos políticos del proletariado de los diversos países en la vida política de la Internacional, y por su control vigilante sobre los hombres y los órganos al frente de los centros directivos y de responsabilidad.
V. Nuestra táctica
Ya hemos afirmado que la táctica del partido no cambia con la aparente y formal modificación de las condiciones externas y políticas del Estado. Si el curso de la guerra no es brutalmente interrumpido o radicalmente cambiado por el colapso de algún sector como efecto de una exitosa sublevación obrera, contra la previsible experiencia democrática bajo la tutela de las victoriosas fuerzas aliadas, nuestro partido situará la lucha del proletariado en el plano de la táctica revolucionaria, que consiste en interpretar tempestivamente las situaciones desde el ángulo visual de clase, en adecuar a ellas las consignas de acción, y en armar a tiempo al proletariado con las ideas esenciales de las que se alimenta su lucha y con los medios necesarios para la consolidación de la victoria.
En la inmediata posguerra, mientras bajo la guía de los socialistas y centristas se repetirá la maniobra tan querida por la reacción democrática de desviar el empuje revolucionario para hacerlo encallar en los bajíos de las reivindicaciones parciales e inmediatas y en el compromiso —aprovechándose del inevitable desconcierto político, económico y moral que se abatirá sobre todos los órganos del Estado y sobre el espíritu de las masas, y de la incapacidad de la clase dirigente responsable de la guerra para organizar la paz en el sentido de resolver los enormes problemas puestos sobre la mesa por la guerra—, nuestro partido adecuará su táctica a la maduración de condiciones objetivas favorables y conducirá la lucha en el cauce de la tradición revolucionaria para servir en realidad de guía, y no ir a remolque de los próximos acontecimientos. Es por ello obvio que los expedientes tácticos de la democracia serán arrojados entre los trastos viejos de la política tan pronto como el partido considere que la situación se precipita hacia una solución revolucionaria.
Y puesto que nuestra línea política no estará influenciada ni por sugestiones idealistas ni por las teóricas de la espontaneidad, esto permitirá que la voluntad de lucha del partido coincida con la voluntad de las grandes masas, cuando estas expresen en síntesis la urgencia de una necesidad realizadora en el sentido del ataque revolucionario para la conquista del poder.
Pero no habrá una conquista seria del poder si el partido no ha conquistado primero la influencia sobre las grandes masas del proletariado. Con este fin el partido define así sus propias tareas:
a) las masas no se conquistan cuándo y cómo se quiere, si condiciones objetivas no las agitan; de nada valen sobre ellas las acrobacias maniobreras de los partidos que quisieran influenciarlas y hacerlas saltar al toque de varitas mágicas;
b) el espíritu combativo de las masas, cuando se enciende a la lucha, marca como en un diagrama el proceso de inestabilidad y de crisis que impregna el aparato productivo del capitalismo, sus mercados y el complejo de su organización política. En este momento, el partido puede operar su inserción en la lucha, ser uno de sus elementos determinantes, atraer a su órbita a las masas y potenciar unitariamente sus energías para dirigirlas hacia la consecución de determinados objetivos;
c) el éxito de tal maniobra es posible en la medida en que el partido haya sabido crear en el seno de las masas organismos permanentes de propaganda, de proselitismo y de agitación; en la medida en que haya sabido conquistar la confianza, con la adherencia constante a la vida y a las luchas del proletariado y a sus exigencias de clase; y en la medida, por fin, en que haya demostrado no haber engañado con agitaciones intempestivas y no sentidas, con la gimnasia en el vacío de la huelga por la huelga, o de la huelga con fines aberrantes respecto al espíritu y a los intereses de clase;
d) nuestro partido, que no subestima la influencia de los otros partidos de tradición obrera y la importancia de dicha influencia sobre las masas, se hace defensor del “frente único”, manifestación orgánica de la unidad proletaria al margen de los partidos, esencial para los fines de la lucha y de la victoria, escenario natural y libre para el conflicto de las opuestas corrientes políticas, en el que nuestro partido jugará su papel preeminente como guía de la mayoría del proletariado, porque es su intérprete fiel, porque representa sus intereses fundamentales y porque, sobre todo, ha demostrado ser su única y segura guía para la lucha revolucionaria.
VI. El problema sindical
En el estado actual, el problema sindical es inexistente y los residuos de las viejas organizaciones sindicales con vida clandestina han demostrado servir más como peón para agitaciones políticas ligadas a la guerra que como auténticos órganos de la lucha obrera.
La reanudación sindical, que se producirá con el fin de la guerra, se resentirá de sus peripecias políticas y verá poderosamente reforzado el tradicional predominio socialdemócrata sobre los sindicatos, haciendo más autoritaria a su burocracia. A pesar de tales perspectivas, nuestro partido agitará tan pronto como sea posible el problema de la reorganización unitaria del movimiento obrero, reconstituirá la red de sus fracciones sindicales desde el grupo comunista de fábrica (compuesto de comunistas y de obreros sin partido), hasta el Comité Sindical Nacional Comunista: y si lo considera necesario se hará iniciador de un “Frente de las Izquierdas Sindicales” para derrocar a los jefes de la Confederación del Trabajo.
Mientras tanto, el partido concentrará su atención y su trabajo en el vínculo sistemático con las fábricas con el objetivo de formar no solo un aparato interno, sino también una red para la maniobra de las grandes masas.
VII. El trabajo entre los campesinos
Esta guerra, a semejanza de la anterior, y ciertamente en proporciones mayores, debe haber profundizado en los campesinos la ruptura con el mundo de las tradiciones seculares y de la servidumbre económica y política, y debe haber actuado como una piqueta demoledora, por un lado, contra los obsoletos y estrechos sistemas de gestión agrícola y, por otro, contra el predominio de las camarillas parásitas del esclavismo agrario. La distancia entre la población rural y la urbana ha ido atenuándose y muchas incomprensiones y más de una diferencia han desaparecido; acercadas, hermanadas casi por los sufrimientos físicos y por las coacciones morales y políticas impuestas con la violencia por una dictadura sin escrúpulos y por una guerra feroz.
Si el campesino, que piensa con lentitud pero con una lógica clara y profunda, hubiera llegado tras tantas experiencias a percibir el vínculo de corresponsabilidad que existe entre el dueño de la tierra que él trabaja y las fuerzas políticas que quisieron esta guerra de exterminio, se habría dado un gran paso hacia la revolución.
Nuestros campos, que la guerra habría debido transformar empujándolos, como en parte ha hecho, hacia grados más altos de evolución económica, en el quinto año de guerra se encuentran pavorosamente empobrecidos de brazos y de reservas por los saqueos sistemáticos de los beligerantes, enemigos y amigos, atrapados entre los halagos efímeros del mercado negro y la devaluación monetaria, que anula su sacrificio, y bajo el tormento de la intervención monopolística y depredadora del Estado. No dudamos de que tales vicisitudes hayan creado en el espíritu de las masas campesinas aversiones y odio contra un régimen económico y político que la experiencia ha demostrado insensato y criminal.
La posguerra se presenta, por tanto, rica en promesas revolucionarias también en este sector en el cual el proletariado industrial había encontrado hasta ayer una sorda y tenaz oposición al esfuerzo común de emancipación. Nuestro partido siempre ha reconocido el papel que el campesinado, sobre todo el pobre, está destinado a tener en la revolución italiana, y pone desde ahora en el orden del día el problema de los campesinos, haciendo suyo el programa definido en el II Congreso del Partido Comunista Italiano, un programa siempre vivo y actual tanto como planteamiento táctico en la fase que precede a la conquista del poder, como dirección concreta y constructiva en la primera y difícil fase de realización de una economía socialista.
Desde el punto de vista práctico, el partido cuenta con la reorganización de los Sindicatos de los asalariados agrícolas y de las ligas de los aparceros y de los pequeños arrendatarios, y, para los pequeños propietarios, con la organización de una asociación de defensa de sus intereses económicos.
El Comité Central del Partido Comunista Internacionalista
Septiembre de 1944
(Presentado por el CC en el mes de noviembre posterior).
Footnotes
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— Para un análisis más detallado de la Fracción, véanse los artículos de Fabio Damen en Prometeo:
https://www.leftcom.org/it/articles/1979-12-01/il-ruolo-della-russia-nella-seconda-guerra-mondiale
https://www.leftcom.org/it/articles/1980-12-01/frazione-partito-nel-corso-della-ii-guerra-mondiale ↩
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— «Al juego burgués se presentaron (¿hace falta decirlo?) incluso… los temibles paladines del… revolucionarismo más “intransigente”: los anarquistas. El carácter no historicista, sino vulgarmente voluntarista de su doctrina, la particular “forma mentis” pasional, confusa, a menudo ilógica, y la superficialidad de sus análisis, llevaron a [los anarquistas] a las filas del C.L.N., codo con codo […] con curas, mazzinianos y burgueses. [A los anarquistas] no les rozó en lo más mínimo la duda de que la guerra que combatían formara parte del grupo de las contiendas imperialistas: al adherirse al C.L.N. los “más radicales negadores de toda forma de gobierno” no sospecharon en absoluto que estaban dando su apoyo a nuevos organismos del Estado burgués que ellos “derrocan definitivamente”… en teoría, y consolidan en la práctica por todos los medios […] Una triste némesis histórica ha querido que el primer y el último acto de la tragedia bélica (España e Italia) vieran a los anarquistas llegar a pactos (como ministros, libertadores, miembros del C.L.N.) con el capitalismo, contribuyendo a hacer verdaderamente totalitaria la derrota de la clase obrera», El proletariado y la segunda guerra mundial, artículos extraídos de Battaglia Comunista de noviembre de 1947 a febrero de 1948. ↩
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— Esquema de programa del Partido Comunista Internacionalista, 1944. ↩
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— Del informe presentado por el C. E. [Comité Ejecutivo] de cara al Congreso Nacional del Partido, diciembre de 1947, en Quaderni internazionalisti, cit., p. 67:
«El partido no se hizo ni alimentó ilusiones en este sentido [la apertura de una fase revolucionaria], previó al final del conflicto la apertura de una situación histórica abiertamente reaccionaria, y se preparó para decir en ella su dura y valiente palabra tal como había sabido decirla contra todo y contra todos en plena guerra mundial».
Y Aldo Lecci, en el congreso de 1948, se expresaba así: «Sin embargo, él [Vercesi] ha afirmado haberse equivocado en el 45 en Turín cuando creía en una reanudación del curso revolucionario, mientras que hoy le consta que en todo el mundo la clase proletaria es aliada del capitalismo y que todo lo que nosotros hacemos solo puede redundar en beneficio de uno u otro bloque imperialista […]. En el discurso de hoy del camarada Vercesi se esconde el intento de reducir el partido a un club de superhombres, de supuestos científicos del marxismo, que se sienten superiores y desdeñan entrar en contacto con la realidad en la que viven las masas […]. Estos elementos que intentan ocultar su pesimismo detrás de nuestro supuesto optimismo vienen, políticamente inactivos, a lanzar frases grandilocuentes entre nosotros sin aportar ninguna contribución positiva a las posiciones que defendemos y propugnamos, sin refutaciones teóricas y políticas de nuestros “errores” y desviaciones. Los camaradas con los que hemos trabajado saben que nunca nos hemos ilusionado ni hemos ilusionado a nadie con posiciones y perspectivas determinadas. Siempre hemos sido duros y precisos, siempre hemos repetido a los camaradas: “reclutad con prudencia, expulsad cada vez que encontréis incomprensión política; tal vez tengamos que reducirnos aún más; la situación no permite un desarrollo del partido de clase; se trata de formar los cuadros, el armazón del partido”». (Resoconti: convegno di Torino 1945, congresso di Firenze 1948, p. 16). ↩
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— Para una reconstrucción detallada de la escisión de 1952, véase:
https://www.leftcom.org/it/articles/2021-01-05/st07-la-scissione-internazionalista-del-1952 ↩